viernes, 30 de diciembre de 2011

Adaptando a Eire al Jet Lag

Je,je, a nosotros nos cuesta, sí, pero los niños... se vuelven locos.
Bueno, lo primero que tengo que aclarar es que yo pensaba que iba a ser aun peor, y que al final no ha sido para tanto, pero aún así...
Nos ponemos en situación: nos levantamos a las 3:30 h, nos pegamos 12 horas de avión, más cinco horas de coche. A lo que hay que sumar las 6 horas de diferencia que hay en la costa este de Estados Unidos con respecto a España.
Cuando ella se quedó dormida a las 9pm allí, eran las 3 am en España. Claro, a las 4 de la mañana se despierta y ya no quiere dormir más, quiere jugar, ir a desayunar... para ella son las 10 de la mañana. Conseguimos que se quede en la cama tumbada una hora más, pero sin volver a dormirse.
Bueno, al día siguiente se levantó a las 5, el siguiente a las 6... en cuatro días mi campeona ya había cogido el ritmo. Bien por Eire.
Pero ahora llega la hora de regresar a España y ahora la cosa cambia... el primer día se duerme muy bien a las 10 de la noche (las 4 de la tarde en USA) . Y la tía se despierta a la 1 de la mañana pidiendo bajar al parque y la merienda... vamos, que para ella fue como una siestecita de tres horas y para arriba...
Nosotros, que ya teníamos que trabajar a la mañana siguiente, intentamos convencerla de que es de noche y hay que volver a dormir, pero ella no lo tiene nada claro y se tira dos horas con una marcha en el cuerpo que pa qué.
Finalmente se duerme a las tres y pico de la mañana y nosotros aprovechamos las cuatro horitas de sueño que nos quedan por delante.
Bueno, a la ida en cuatro días estaba adaptada al horario de Estados Unidos... a la vuelta tardó ocho días en dormir toda la noche seguida!!!! Cada vez que la oíamos llamarnos a las tres de la mañana por que quería merendar o ver una peli o bajar al parque... nos daban ganas de saltar por la ventana.

Así que ¿cómo ayudar a los niños a afrontar el jet lag? Con mucha paciencia y mucho café.



Nueva York 2011

Jueves 13 Octubre.
Nos levantamos y recogemos la habitación corriendo. Estamos ansiosos por llegar a la ciudad. Yo propongo desayunar en el hotel pero Joaquín no quiere esperar ni un minuto para llegar a Manhattan, así que llamamos un taxi desde la recepción del hotel y esperamos en la puerta. La chica de recepción nos dice que serán unos 70 dolares, lo que nos parece muy caro, pues la tarifa desde el JFK es de 45 dolares, y Newark está mucho más cerca, pero bueno, es lo que hay.
El taxista es de ecuador y vamos charlando con él todo el camino, nos explica muchas cosas interesantes de la economía y el modo de vida del extrarradio de Nueva York. Pillamos un poco de tráfico pero en media hora estamos en el Dowtown localizando el Marriot. El taxista nos deja en la puerta y nos dice que son 90 dólares... le miramos sorprendidos y le decimos que creíamos que eran 70, y nos dice que es eso más los peajes. Nos quedamos mudos pero pagamos, claro, ¿qué vas a hacer?
Un poco enfadados por el sablazo nos vamos a recepción a hacer el check in. El hotel nos encanta, es una pasada, muy bonito y muy lujoso. No esperábamos que fuera tan impresionante. El Marriot Downtown ( http://www.marriott.com/hotels/travel/nycws-new-york-marriott-downtown/ ) nos costó 140 euros por noche en una oferta que pillamos con hoteles.com, que es muy barato para el tipo de hotel que es (de hecho la tarifa oficial es de 800 dolares la noche!!). En recepción un botones nos coge las maletas y nos acompaña hasta la habitación. Se queda esperando la propina, y le damos 10 dolares.
La habitación es enorme, preciosa, con una cama king llena de almohadones, una chaise longe frente a la ventana, un baño alucinante... estamos en la planta veintiséis y desde nuestra ventana hay buenas vistas de la zona cero y las torres nuevas, que están sin terminar. Otro botones nos trae la cuna de la niña, y se queda también esperando la propina. A este le decimos adiós y punto, que son las nueve de la mañana y llevamos ya cien euros gastados como el que no quiere la cosa. Y aún sin desayunar.
Nos instalamos, nos ponemos zapatos cómodos y salimos a la calle. Vamos como en una nube... estamos de vuelta en Nueva York!!! Desayunamos en un Dunking Donuts que hay junto al hotel, en Rector St, y nos vamos a patear. Pasamos junto a la plaza de los indignados, llena de gente, vemos la zona cero y vamos subiendo por Church St, hasta el City Hall. Paramos un rato a ver los edificios de esta zona.
Hace un día un poco feo, con lluvia fina y mucha bruma, pero nosotros vamos encantados de la vida, felices de volver a estar recorriendo esas calles. Llegamos a Canal St y dedicamos el resto de la mañana a hacer compras, mirando tiendas y regateando por chinatown. Joaquín disfruta como un niño en Chinatown. Nos encanta el ambientillo y siempre solemos ir el primer día en NY a comprar recuerdos, regalos, camisetas o bolsos.
A la una, muertos de hambre, buscamos el Big Wing Wong, el restaurante chino al que vamos siempre, y nos metemos un riquísimo pato laqueado, fideos con ternera y verduras y arroz. Volvemos a bajar por Church St, lleva toda la mañana lloviendo y nos da pena que Eire lleva todo el día sentada en el carro debajo del plástico, así que nos vamos al Winter Garden a dejarla correr un poco.
Mientras ella corre como si estuviera poseída y baja y sube las escaleras del Winter, yo hago amistad con algunos padres. Le pregunto que donde podemos ir con la niña mientras llueve y me dice que a Barnes and Noble. Cuando pregunto qué es eso, me miran como si hubiera preguntado qué es la estatua de la libertad, y me explican que es una cadena de librerías donde los niños pueden jugar, y que hay una allí al lado.
Aprovechamos que ha dejado de llover para dar una vuelta por la marina, para ver los barcos. El río Hudson está muy picado y hay unas olas enormes, como si fuera el mar. Paseando por Governor Nelson Park nos encontramos con un parque precioso, con un estanque lleno de peces y columpios. Los columpios son enormes, como grandes castillos de madera donde te puedes subir con tu hijo a jugar, escalar, tirarte por los toboganes, pasar por puentes colgantes... así que mientras el tiempo nos dejó, estuvimos allí jugando con el resto de padres y niños newyorkinos.
Rompió a llover de nuevo y todos salimos pitando del parque, nosotros nos fuimos a Barnes & Noble, en Warren St, parando antes en un Whole Foods a comprar la merienda de Eire y algo de fruta para nosotros. La librería es enorme, y es tipo la FNAC de Madrid, que tiene sillas y bancos para que puedas sentarte a leer, pero tiene una zona especialmente habilitada para niños, enmoquetada y decorada con personajes de dibujos, y con sillitas y cojines por el suelo. Hay montones de cuentos tirados por el suelo, y los niños están allí jugando y viendo los cuentos con sus padres.
Nos encanta el sitio, y nos parece una idea genial para un día de lluvia. Nos tiramos allí una hora, mientras Eire toquetea todo nosotros vemos algunos libros. Hay mucho jaleo por que hay un escritor al parecer muy famoso dando una conferencia y firmando libros... nosotros no nos enteramos de quien era. Finalmente compramos unos cuentos muy chulos, de películas disney, metidos en un cofre, que a Eire le encanta. 12 cuentos por 7 dolares.
Ahora me toca a mi, nos vamos al Century 21. La última vez que estuve en NY, me fui cargada de bolsas del Century 21, con vestidos preciosos y pantalones vaqueros y camisetas de marca y de todo.
Me pongo toda ilusionada a mirar la ropa, auténticos chollos, y cuando pregunto a una de las chicas por mi talla (la 18), me dice que no tienen nada actualmente. Se me revolvió hasta la tripa. Me voy a preguntar a una encargada y me dice que nada de nada. Le digo que otras veces he comprado mucha ropa de mi talla allí, y ella replica que a veces hay, a veces no.
Casi llorando salimos del Century y nos vamos hacia el hotel. Joaquín va consolándome por el camino, que ya encontraremos algo, que anda que no hay sitios en NY, que tal y cual. Entretanto, a Joaquín se le antoja ir a cenar al Dallas BBQ, uno de esos sitios que nos vuelven locos de NY, y como los que conocemos están más al norte, decidimos preguntar a ver si por el downtown hay alguno, así que paramos a una chica, muy maja, que habla español, y que nos da indicaciones para llegar a uno que está a tres calles de nuestro hotel. Es muy fácil, nos asegura.
Nos vamos al hotel a descansar un rato, la habitación nos encanta, sentados en la chaise long vemos varias azoteas y las torres de la zona cero.
Con nuevas fuerzas salimos a cenar. Seguimos las indicaciones de la chica y buscamos el restaurante. Nada. Recorremos la calle que nos ha dicho de arriba a abajo y nada. Preguntamos a varias personas y nada. Llegamos hasta el Pier 17, volvemos hasta Wall St, y seguimos preguntando y buscando. Pero nada. Se nos empieza a hacer tarde y no encontramos nada abierto por la zona, solo restaurantes de lujo carísimos donde la gente se baja de las limusinas en la puerta. Nos entra un mal rollo que no veas y no sabemos ni qué hacer, vamos maldiciendo a la chica que nos ha dado las indicaciones, por no tener ni idea y habernos hecho el lío.
Preguntamos a unos policías y nos dicen que todo es caro por la zona, que nada por menos de cien dolares por persona. Nos entra el pánico. Son las diez de la noche y nos parece tardísimo para andar ahora con el metro buscando una zona para cenar, además estamos agotados. Yo propongo ir al restaurante del hotel, que tiene muy buena pinta, pero claro, tampoco sabemos cómo va a salir de dinero. En esas estábamos cuando al girar una esquina vimos un Fridays y nos pusimos a aplaudir como niños. La verdad sea dicha, no nos van demasiado los Fridays, y no es un sitio al que vayamos a menudo, pero en esa ocasión, todo nos supo de maravilla. Yo me tomé una margarita gigante, y compartimos costillas y hamburguesas.
Saciados y más felices, volvemos al hotel a descansar, haciendo una breve parada en Café Bravo, en Greenwich St, para comprar un cola cao para Eire. Y a dormir, que ya toca.

Viernes 14 de octubre.
Nos levantamos con nuevas fuerzas y tras desayunar en el Dunkin donuts, nos vamos al metro. Nos bajamos en la 33 St, tenemos el primer encuentro de las vacaciones con el Empire y caminamos por la 34 St hasta el Hospital Rusk de Rehabilitación.
Vamos buscando el Glass Garden, nos dicen que está dentro del hospital y nada más entrar, vemos la puerta a la derecha. El Glass Garden es uno de esos pequeños secretos de los padres newyorkinos, es un jardín dedicado a beneficiar la rehabilitación de los pacientes, y está abierto al público.
Por un lado, está el invernadero, donde hay muchas plantas, un estanque con tortugas, jaulas con loros, gatos y conejos sueltos por el suelo. Por otro lado, sales al jardín y hay un montón de columpios, un arenero lleno de cubos y palas, triciclos, carretillas, casas de muñecas, instrumentos de música y muchos otros juguetes que se pueden utilizar con toda libertad. La verdad es que no es nada extraordinario, pero es un lugar genial para los niños, y de hecho, hay bastantes por allí.
Eire se tira un buen rato muy entretenida, jugando con todo lo que pilla. De nuevo vuelve a llover, y dejamos el Glass Garden para seguir pateando la ciudad. Subimos por la 1 ave hasta las naciones unidas, continuamos por la 42 st hasta Grand Central, la biblioteca, el Crysler... seguimos por la 5 ave, hacemos algunas paradas en las tiendas que nos gustan, aunque no compramos nada. Pasamos por el Roquefeller Center, por St Patricks, la Trump Tower, y seguimos parando en todos los escaparates de las tiendas de lujo.
Yo paro un rato en Sephora y me maquillo mientras Joaquín hace fotos a la tienda, que es muy moderna y tiene un dj pinchando en directo. Vamos agotados cuando llegamos a la esquina de la Apple Store, y nos quedamos muy sorprendidos por una larguísima cola que llega hasta varias manzanas atrás. Preguntamos, y alguien nos explica que acaban de lanzar un nuevo iphone y que todo el mundo está cómo loco por tenerlo.
Nosotros nos vamos a FAO, y Eire se vuelve loca en la misma puerta, cuando un chaval disfrazado de soldadito de plomo le da un abrazo y se hace una foto con ella. Dentro de la tienda, la peque pierde el control, abraza a los elefantes y los tigres, se tira en el suelo a jugar con todos los peluches que pilla, compramos unas chuches... esta hija mía tiene las manos muy largas y por más que intentamos controlarla, termina comiéndose un montón de gominolas antes de pasar por caja... claro que esto dejó de importarnos cuando vimos lo que nos cobraban por la bolsita de chuches... bien hecho, Eire. Luego subimos a la planta de arriba y ella enloquece con las marionetas, con los bebés de la nursery, probándonos pelucas y gorros, con los lego y las cocinitas... bueno, y ya cuando vio el piano... se descalzó y se tiró un buen rato pegando botes de un lado a otro, feliz de la vida. Hasta que un grupo de niños un poco mayores terminó arrollándola y tuvimos que sacarla llorando del piano. Ella gritaba: me han aplastado!! mama!! me han aplastado!! Se le pasó el mal sabor de boca jugando otro rato con los animales de peluche. Tras hora y media en FAO, salimos a la calle de nuevo. El soldadito de la entrada vuelve a dar un abrazo a Eire y ... oh, sorpresa, ahora es un señor de unos setenta años, con las cejas blancas. Yo le pregunto a Joaquín ¿cuanto tiempo hemos estado ahí dentro?? Y él se parte.
Son las dos del medio día y yo tengo ya un dolor de piernas que no puedo, así que aunque Joaquín quiere llegar hasta Times Square para comer, le convenzo de comer por allí y mientras caminamos por la 57, vemos un restaurante con pinta de bueno y barato y nos metemos.
Se llama Fresh & Co (no tiene nada que ver con los Fresco de Madrid), y es tipo deli, eliges entre ensaladas, pastas, sandwiches... y pagas según los ingredientes que lleva. Pedimos un plato de pasta, una ensalada y un sandwich de pollo, todo muy rico.
Al salir del restaurante vemos una tienda de ropa con muy buena pinta, Strawberry, paso y pregunto por la talla 18, me dicen que en la planta de arriba, y me pongo morada a comprar camisetas y pantalones vaqueros a un precio super barato. Al salir de la tienda yo no puedo ni con mi alma, vamos agotados, así que cogemos el metro y tiramos para el hotel a descansar un rato.
Al atardecer, ya repuestos y cambiado, nos vamos para Times Square. Eire alucina con las luces y nosotros estamos encantados de estar allí de nuevo. Pasamos al ToysRUs y montamos a Eire en la noria, algo que nos hizo más ilusión a nosotros que a ella. Compramos unas mini princesas Disney para ella (que de nuevo me hizo más ilusión a mi), y salimos a pasear por la calle, entre neones.
Nos metemos por fín en el Dallas BBQ, es la primera vez que vamos al de Times Sq y está a tope, nos apuntan en una lista y en quince minutos tenemos mesa, pero el sitio está a reventar y hay un jaleo tremendo.
Nuestro camarero, muy majo, nos atiende enseguida y nos traen la comida muy pronto, no nos lo esperábamos, con la de gente que había... yo me tomo uno de esos copazos famosos en el Dallas, con ron, sorbete de limón y sirope azul tropical... la verdad, que solo con la copa ya saldrías comido de allí. Nos pedimos una torre de cebolla frita espectacular, una hamburguesa gigante y un combo de costillas con gambas, todos los platos coronados por más cebolla frita, patatas, pan de maiz y ensalada... como para que te de un reventón.
Eso sí, fue la cena más anecdótica del viaje: estábamos sentados en una esquinita, en una mesa pequeñita, si pudierais visualizarme a mi, que abulto lo mío, en un rinconcito atrapada entre la mesa y dos paredes. Vale, de repente se me acerca una chica de unos 16 años y me dice algo en inglés que no entendemos ninguno. Ella insiste repetidas veces, nerviosa y yo le digo a Joaquín: dice que me levante, será que estaba aquí sentada antes y que se ha olvidado algo. Le pregunto si ha perdido algo y me dice un poco borde que me levante que tiene que bajar la escalera para ir al servicio... ¿? ¿Escalera? A mi izquierda una pared, a mi espalda una pared, a mi frente una mesa, a mi derecha ella. Entonces vemos que se agarra a mi mesa para no caerse al suelo por que va... completamente borracha!!!! Le indico que la escalera está en el otro lado y se marcha, mientras mi marido y yo nos morimos de la risa, a lo que se unen los de la mesa de al lado, tres hawaiianos simpatiquísimos que lo habían oído todo con los que estuvimos bromeando un buen rato sobre el tema.
En fin, el camarero se disculpó, seguimos con la cena y casi al final, uno de los de la mesa de al lado tira al suelo de un manotazo uno de sus cockteles, y salpica a sus compañeras y un poco a mi. El chico se deshace en disculpas y entre risas me promete que no ha bebido mucho. Yo le digo: seguro que no quieres que me levante para que puedas bajar por las escaleras? Y ellos estallan en carcajadas. Nos pasamos un rato muy divertido allí con ellos.
Tras salir del Dallas, nos arrastramos hasta el metro y nos vamos al hotel, agotados, a dormir.

Sabado 15 de octubre.
Nos vamos en metro hasta Union Sq, hace seis años estuvimos alojados en este barrio y nos encantó, así que nos apetecía dar un paseo por la zona y sobre todo, ir a desayunar al Gramercy Café.
En Union había mercado de granjeros, echamos un vistazo, pero estábamos deseosos de llegar al Gramercy Café, así que tras orientarnos por la zona caminamos por la calle 17 hasta encontrarnos con él. Nos emocionó un montón estar allí de nuevo, no había cambiado nada.
Nos sentamos junto a la puerta y pedimos dos desayunos completos con huevos, salchichas, bacon, pan tostado, café... todo riquísimo, como de costumbre. El sitio estaba lleno de familias del barrio, desayunando con sus hijos. Recordamos que precisamente eso fue lo que nos encantó tanto del restaurante como de la zona, no es nada turística, solo ves gente local haciendo su vida cotidiana, y nos encanta. Tras el generoso desayuno volvemos al metro.
Es sábado por la mañana, hace un precioso día soleado... Central Park allá vamos. Solo entrar en el parque ya nos emociona, y vamos con una sonrisa de oreja a oreja paseando por los caminos. Hacemos una parada en un parque de columpios y nos tiramos allí un buen rato con Eire. Los columpios son geniales, enormes para que te subas a ellos con los niños, con un fuerte de piedra al que te puedes subir, y trepar por las paredes, y bajar por tuneles... muy divertido. Vimos unos toboganes enormes y me tiré con Eire por ellos... madre mía, ¿cuantos años hacía que no me tiraba por un tobogán?
Hacemos amistad con una chica que está allí con sus tres hijos y habla español, ella nos responde amablemente a todas nuestras preguntas sobre la vida con niños en la ciudad, guarderías, colegios, vida social, etc. Luego, una de sus preciosas niñas le regala a Eire un globo con forma de barita mágica. Nos despedimos de ellos y seguimos su recomendación de ir al carrusel.
El carrusel está dentro de un edificio redondo, y es antiguo, muy bonito. Pagamos 2 $ por un tiket para mi, por que Eire no paga, y me monto con ella en un caballo enorme, a la niña le encanta que es la primera vez que montamos juntas y va todo el tiempo riendo, muy contenta.
Luego seguimos por el parque. Lo que más nos gusta de Central Park es que los fines de semana, te vas encontrando sorpresas a cada paso, vimos a gente tocando el saxofón en los bancos de The Mall, gente haciendo acrobacias, un coro cantando soul en Bethesda Terrace, un campeonato de ajedrez, donde cientos de personas jugaban en mesas al sol... junto a la fuente de Bethesda vemos unas modelos posando en bañador, nos acercamos a hacer fotos y entablamos conversación con ellas, nos dicen que las fotos son para un catalogo de bañadores de una diseñadora brasileña muy famosa, y al poco la conocemos y también hablamos con ella durante un buen rato.
La gente de Nueva York nos parece siempre majísima, no tienen inconveniente en parar su trabajo unos minutos para atender a unos turistas curiosos. Nos hacemos unas fotos con las chicas, los fotografos y los guardaespaldas y nos despedimos de ellos.
Seguimos disfrutando del parque, paseando por el borde del lago, parando cada dos por tres y haciendo mil fotos. Llegamos a The Meadows sobre el medio día y nos tiramos en la hierva a descansar. Las praderas están repletas de gente que disfruta del día de sol, aunque ya hay nubes en el cielo, pero el día está precioso, hay gente volando cometas, jugando al futbol, ensayando bailes, niños corriendo... Eire se integra rápidamente, corriendo detrás de las cometas y persiguiendo a los niños que pasan cerca de ella. Finalmente compramos unos perritos calientes en un carrito y nos los comemos en la pradera.
Tras el descanso, salimos del parque con gran pena y cogemos el metro para ir a Macys. Nunca hemos entrado en esta tienda tan famosa, y a mi me apetece mucho, así que recorremos los almacenes sin parar de alucinar... son enormes!! Una chica me dice que en la quinta planta hay mi talla, allá que voy. Hay verdaderos chollos de firmas americanas como Donna Karan o Calvin Klein, descuentos del 50 al 80 por ciento. Yo me compro un vestido precioso, muy elegante, que entre el descuento que tenía y que a los turistas nos descuentan otro 10 por ciento adicional, al final me salió por 16 euros.
Salimos y nos metemos en Victoria Secrets, a ver si encuentro un encargo que me ha hecho una amiga, pero no lo tienen, así que salimos a dar una vuelta por la calle, y tras comprarme en una joyería un charm de plata de ILOVENY para mi pulsera de recuerdos, nos vamos al hotel a cambiarnos y descansar.
Nos vamos en metro hasta la 7av con 4st, para ir a Corner Bistro, este restaurante es famosísimo por sus hamburguesas, está en un barrio muy chulo, con mucho ambiente nocturno, lleno de cafés y restaurantes.
Cuando llegamos al Corner Bistro vemos que hay una cola tremenda, pero ya que estamos allí, decidimos esperar, cosa que hicimos durante cuarenta minutos. Mientras esperábamos, nos sorprende la expectación que despierta mi hija en el restaurante, la gente se levanta de las mesas para acercarse a decirle hola y saludarla... nosotros con los ojos como platos. Luego alguien nos explicó que no es muy común ver niños por la noche, que para eso están las canguros.
Finalmente nos dan una mesa y llegan las aclamadas hamburguesas, mi primera impresión fue desilusión total, es una hamburguesa con carne, pan y queso, sencilla y no muy grande, aunque con mucha carne. Después de cenar tuve que reconocer que realmente estaba muy, muy buena, aunque no creo que sea como para ir a buscar el restaurante a posta y esperar cuarenta minutos de cola.
Paseamos por el Meatpacking District entre gente super arreglada que esperaba cola en la calle para entrar a los clubes y edificios llenos de encanto, hasta que nos pudo el cansancio y volvimos al hotel.

Domingo 16 octubre.
Nos despertamos con la tristeza de que era nuestro último día en USA. Hacemos maletas, recogemos la habitación y lo dejamos todo en recepción. Nos vamos andando hasta Battery Park y damos un paseo, vemos a miss Liberty, nos hacemos unas fotos por la zona, dejamos que Eire monte un rato en los columpios, y luego caminamos hasta el Pier 17. Nos quedamos un rato admirando las vistas del puente de Brooklyn, sentados al sol, y luego paseamos entre los edificios de estilo holandés.
Para despedirme de las compras me compré una cazadora de piel sintética con unas botas a juego, por unos 45 € todo, al cambio. De vuelta en el hotel a las 2:00pm recogemos las maletas y decidimos comer en el restaurante del hotel, ya que nos quedan aún 5:30 horas para que salga el avión. Nos despedimos de las hamburguesas americanas comiéndonos una gigante y riquísima, con una cerveza.
A las 2:45 estamos en la puerta del hotel, esperando un taxi. Un encargado del hotel nos dice que esperemos, que hay que pedir un taxi específico para que nos lleve al aeropuerto. Tras cuarenta minutos nos entra el nervio, le preguntamos al señor y nos insiste en que esperemos, que cualquier taxi no nos va a llevar. Efectivamente, mi marido intenta parar un par de taxis y todos nos dicen que no nos llevan al aeropuerto.
A las 3:45 por fin nos llega un taxista, con un coche enorme, que nos carga las maletas, el carro y a nosotros y pone rumbo al jfk. Disfrutamos de las vistas desde el puente de Brooklyn, y desde varios puntos de Brooklyn, despidiéndonos de la gran ciudad. Hay mucho tráfico y el taxista nos comenta que esa misma mañana ha tardado ¡tres horas! en llegar al jfk, nos entra el pánico.
Vemos como pasa el tiempo atascados en las calles de Queens, y a mi se me revuelve hasta el estómago. Llegamos al aeropuerto, a las 5:30, justo cinco minutos antes de que cierren la facturación del vuelo. En la ventanilla nos atiende una señora de mediana edad, hispana. Me ve la cara y me pregunta si me encuentro bien, le cuento que hemos pasado muchos nervios por que no encontrábamos un taxi, y luego había mucho tráfico... la mujer nos hace la facturación con mucha simpatía, intentando tranquilizarnos. Cuando nos da los billetes nos indica que tenemos que esperar la cola de pasaportes y cuando nos giramos... vemos que hay una larguísima cola, de una hora o más, para pasar. Casi me desmayo.
La señora de la facturación, con una sonrisa, cierra la ventanilla y nos dice: tranquilos, venir conmigo por aquí, y la buena mujer nos cuela toooooda la cola, y nos pone de los primeros. Ni qué decir que se lo agradecimos en todos los idiomas que se nos ocurrió. Aun así tardamos media hora en pasar los controles, pues a los de delante tuvieron que abrirles las bolsas, y a mi marido también le abrieron la suya (a estas alturas aún no sabe que no puede llevar líquidos, y se dejó el detergente para lavar la ropa en la maleta de mano, con mi consiguiente bronca. Él alega que creía que el detergente era en polvo ). Corriendo literalmente por la terminal, llegamos a nuestra puerta de embarque con unos minutos de margen. No, si es que nos va la marcha, últimamente llegamos así a todos los aviones de regreso...
Nos acomodamos en nuestros asientos y despegamos a la hora prevista, sin retrasos. Durante el vuelo, intentamos dormir y descansar algo, pero mi hija, que va echa un lío con los horarios, se niega a dormir, quiere ver dibujos, leer cuentos y pintar, así que llegamos a Bruselas sin haber pegado el ojo.
En Bruselas nos recoge Beli, y como esta vez no tenemos que pasar pasaportes ni nada, dedicamos la hora que tenemos de escala para tomar café tranquilamente con mi prima. El siguiente vuelo nos trae a Madrid igualmente sin retrasos ni imprevistos.
Nuestra aventura americana ha llegado a su fin, nos traemos imagenes inolvidables en la retina, y más de cuatro mil fotos en la cámara.

lunes, 24 de octubre de 2011

Estados Unidos costa este y Canadá 2011

Un viaje original y diferente.

Aventureros: Joaquín, Miriam y Eire.
Duración: 30 de septiembre a 17 Octubre.
Estados recorridos: Nueva York y Vermont en Estados Unidos. Ontario y Quebec en Canadá.

Introducción: Fue dificil decidir el recorrido de este viaje. Queríamos disfrutar de los paisajes otoñales de la costa este, por que cuando la visitamos por primera vez en 2005, no tubimos mucho tiempo de disfrutar de la naturaleza, ya que nos centramos más en las ciudades. Pero todo lo que vimos de pasada entre ciudad y ciudad nos pareció precioso, los bosques de colores, los lagos... Además viajamos con nuestra hija de 2 años, por lo que no podíamos permitirnos desplazamientos demasiado largos, para que no fuera demasiada paliza para la niña. Entonces me topé en el foro de los viajeros con el diario de jp177 "la caída de la hoja de Vermont", y la idea tomó forma. En pocos meses, la ruta estaba definida y ha sido todo un acierto, hemos venido encantados.



Viernes 30 de septiembre.
El despertador sonó a las 3:30 de la mañana. Todos en pie. Nos recoge mi cuñado y llegamos al aeropuerto de Madrid Barajas en veinte minutos. Cero tráfico, claro, a esas horas... El vuelo lo sacamos en la web de Barcelo Viajes (Madrid - Bruselas - NY, con tasas, cargo de emisión y seguro de cancelación 450 € por persona, 1.320€ los tres, que Eire ya paga billete completo). En barajas todo normal, facturamos maletas, pasamos controles, y a esperar, que a esas horas no hay nada abierto, ni para tomarse un café. Eire corre como loca por los pasillos del aeropuerto, y nosotros la dejamos, claro, mejor que se canse antes de subir al avión.
El vuelo de Brussels Airlines sale puntual a las 6:40 h. Dormimos un rato y aterrizamos a las 9:10 en Bruselas, donde nos espera mi prima Beli, que trabaja para Brussels Airlines. Nos dice que no hay tiempo casi para hacer la escala, así que nos toca correr por el aeropuerto. Esperamos casi media hora de cola en el control de pasaportes, mientras ella se encarga de que alguien haga llegar nuestras maletas al nuevo avión, ya que según ella tiene toda la pinta de que las maletas se van a quedar en tierra. Nos ayuda a pasar el resto de controles y habla por el walkie con la azafata de nuestro siguiente vuelo para que nos esperen. Llegamos por los pelos, justo para que cierren el avión detrás nuestra. Conclusión: nunca volveré a coger una escala que sea de menos de dos horas. Nosotros, con una hora, si no es por mi prima perdemos el vuelo, o nos hubieramos quedado sin maletas.
A las 10:10h sale el vuelo de Jet Airways con destino Newark. El avión es una pasada, asientos cómodos, pantallas indibiduales, muy buena atención del personal... dormimos otro rato, le pongo una peli a Eire, vemos unos cuentos, hacemos amistad con los vecinos... las ocho horas se pasan volando y mi niña se porta como una campeona. El avión aterriza sin problemas en Newark, donde hace un día precioso y soleado, y recogemos las maletas sin ningún percance. ¡Gracias Beli!
Vamos en el airtrain a la oficina de Dollar a por el coche (lo alquilamos a traves de la web de ealquilerdecoches.com, como casi siempre), un Dodge Caliber, 13 días, por 415 €. En la oficina de Dollar nos atienden de maravilla, allí mismo solicitamos la sillita de auto para niños (50 € más) y por recomendación del señor que nos atendió, contratamos un servicio de asistencia en carreteras, ya que al conducir varios días por Canadá era recomendable(otros 50 € más).
Nos ponemos en marcha a la 1:30 pm, un poco estresados para salir del aeropuerto, pero felices de estar en Estados Unidos por fín. Mi marido pone el GPS, a pesar de que yo no soy nada partidaria de estos trastos, y a los dos minutos de salir de Newark comenzamos a discutir. Google me manda por un lado, y el GPS por otro. Hacemos caso al GPS. Supuestamente se tarda lo mismo por los dos sitios, pero por donde dice "la tonta" (sí, ese es mi mote cariñoso a nuestro gps), se hacen 100 kilometros más, encima por carretera de peaje, así que a mi me da la neura y me entra el mal humor. Tenemos casi cinco horas de camino hasta Auburn, y hacer cien kilometros adicionales no entra en mis planes. Finalmente ignoramos a la tonta y nos salimos de la autopista de peaje 87 para continuar por la 86.
Se nos pasa el mal humor inmediatamente pues el paisaje se vuelve muy bonito. Vamos casi todo el tiempo junto a un precioso rio, con las montañas y los bosques de fondo. Picamos algo en un Wendys por el camino y al final, llegamos a Auburn a las 8:00 pm. Nuestro hotel es el Super 8 de Auburn (http://www.super8.com/hotels/new-york/auburn/super-8-auburn/hotel-overview), pagamos 115.75€ por dos noches con desayuno incluido. Estamos agotados, pero nos animamos por que la habitación está bastante bien. Paseamos unos minutos hasta Curlies (http://www.curleysauburn.com/), un restaurante que había visto por internet, y el sitio nos encanta. Cenamos de maravilla un combo de entrantes y un escalope, 36,19€. Nos acostamos completamente agotados a las 10:00pm.


Sabado 1 de Octubre.
Eire se despierta a las 4:00 am. No hay forma de convencerla de que hay que dormir otro rato. Le enseñamos por la ventana que todavía es de noche, pero nada, que no quiere dormir más. Conseguimos que se quede tumbada otro rato, pero sin dormirse. A las 5:30 am todos de pie. Como el desayuno comenzaba a las 6 aprobechamos para ducharnos, colocar un poco las maletas, preparar la ruta del día...
El hotel tenía desayuno de cortesía, que incluía café (bueno, ya sabeis, lo que llaman ellos café), zumos, bollería, cereales y baguels. Desayunamos muy bien y nos vamos a dar una vuelta en coche por Auburn mientras amanece. El pueblo nos encanta, con sus preciosas casas de madera, con los porches blancos y las decoraciones de halloween.
Tomamos la carretera 38 y recorremos el lago Owasco. Está bastante nublado y hace viento, por lo que el lago tiene olas como si fuera un pequeño mar. Nos desviamos por la 44c hasta el lago Cayuga, atravesando campos de cultivo y granjas, encantados con todo lo que vemos. Continuamos bordeando el Cayuga por la 34b hasta Ithaca, y cuando llegamos llovía a mares.
Primera parada: Farmers Market. El mercado de granjeros de esta pequeña ciudad es muy famoso, y mucha gente de la zona va a comprar allí. Está en un recinto con techo de madera así que aprovechamos para pasar un rato por allí, ya que no paraba de llover. Nos encantó. La gente, super amable, no paraba de preguntarnos cosas cuando nos veía hacer fotos a diestro y siniestro. Nos regalaron unas manzanas buenísimas y nos las comimos mientras seguíamos con el tour. Las vistas desde el muelle son muy bonitas, pero con tanta lluvia y viento, no pudimos disfrutarlas demasiado.
De vuelta en el coche, con tanta lluvia, no sabíamos ni por donde seguir. Así que comenzamos a dar vueltas con el coche, por el centro. Nos encontramos con un festival que estaba anunciado en internet, y vimos que con lluvia o sin ella, la gente disfrutaba igual del día. Así que aparcamos, y bien plastificados, nos vamos de paseo por el festival. Muchos puestos de artesanía y comida, gente bailando y cantando por la calle, música... nos encontramos con un escenario donde el grupo de coros de la universidad de Ithaca estaba actuando, y nos quedamos allí media hora, entusiasmados. Fué genial, para mi, una forofa de Glee, fué como vivir la serie en directo. youtu.be/qi-qdmBfGdI
Comimos unos perritos, montamos a Eire en un carrusel y echamos la mañana en aquel entretenido lugar. De vuelta en el coche y con la lluvia sin darnos un respiro, nos vamos a recorrer el campus de la universidad de Cornell, los edificios de las hermandades y las muchas cascadas que lo rodean. Nos pareció una ciudad increible, con mal tiempo y todo, y nos despedimos de ella mientras tomabamos la carretera 89 hacia el norte, para continuar nuestra visita.
Cuando llegamos a Taughannock Falls la niña se había quedado dormida en el coche, pero de todas formas decidimos subir a ver las cataratas. Para nuestra sorpresa, aunque puedes aparcar junto a la carretera y hacer el sendero andando hasta la base de la cascada, tambien puedes ir en coche hasta un mirador que hay justo enfrente. Y eso hicimos. Así que sin separarnos del coche donde dormía la peque, pudimos disfrutar de las maravillosas vistas de esta increible cascada.
Continuamos bordeando el lago Cayuga, que nos estaba pareciendo muy bonito, cuando pensamos que aún teníamos hambre. Eran las dos del medio día y aunque a las doce habíamos comido un perrito, ya teníamos hambre otra vez. Miramos nuestra guía y decidimos desviarnos en Interlaken a Americana Wineyard and Cristal Lake Cafe (http://www.americanavineyards.com/). Una bodega muy bonita donde además de hacer degustaciones de vino, tienen un pequeño restaurante.
La comida fué un exito, Joaquín comió una hamburguesa de cordero y yo un riquísimo sandwich de pollo con manzanas y queso brie y una sopa de tomate. Eire se comió un poco de cada uno, como de costumbre. Compartimos una botella de vino tinto que se llamaba Revolucionary, y que tenía toques de cereza negra y moras. Estaba buenísimo. Nos salió por 39 €. Luego dedicamos un rato a hacer fotos a los alrededores, por que el sitio era realmente bonito.
Tras la copiosa comida continuamos nuestro tour por el borde del Cayuga, parando de vez en cuando a hacer algunas fotos, pero sin poder pasear por ningún lado a causa de la lluvia.
Llegamos a Seneca Falls muy ilusionados, pues es un pueblo que ya conocíamos de nuestro primer viaje a USA y que nos había gustado muchísimo. Dimos una vuelta por el pueblo, con su canal, las antiguas fábricas junto al agua, la iglesia, la calle principal llena de tiendas... muy emocionados.
Eran las 5:30pm y como el tiempo estaba tan mal, comenzaba a oscurecer. Así que nos decidimos a irnos de compras a los Premiun Outlets de Waterloo, a media hora de Seneca Falls. Son los mismos outlets de Las Vegas, donde cargamos de ropa hace tres años. Nos costó un poco encontrarlo, pero mereció la pena. Echamos el resto de la tarde en el Mall, cargandonos de ropa de Tomy Hilfigher y compañía por muy poco dinero. A las 9:00pm estamos de vuelta en el hotel, agotados. Tiramos las bolsas de la compra y nos vamos a Curlies, donde cenamos otra vez de maravilla, por 22 €. A la cama a las 11pm, completamente agotados.

Domingo 2 Octubre.
A las 5:00am canta Eire, que tiene mucho hambre y quiere desayunar. Así que nos vestimos, cerramos maletas, desayunamos y dejamos el hotel para ir rumbo a Canadá.
Vamos hasta Syracuse por autopista y hasta Watertown por autovía. Aquí decidimos salirnos y andar un poco por carreteras locales. Para variar, llueve, pero no nos importa y disfrutamos de las bonitas carreteras que nos llevan hasta el borde del lago Ontario. Vemos un ciervo junto al camino y paramos a hacerle algunas fotos. Eire se tiró media mañana ilusionada por que había visto a Bambi.
Hacemos una parada en Sackets Harbord, un pueblo que nos gustó mucho y donde nos quedamos un rato haciendo fotos junto al lago. El pueblo tiene un puerto rodeado de jardines y algunos edificios históricos interesantes.
Continuamos bordeando la bahía hasta Cape Vincent, donde cogimos un desvío para ver el faro de Tibbetts Point. Paramos en Clayton a llenar el deposito (nos había avisado que la gasolina es mucho más cara en Canadá) y ya a cruzar la frontera. No tardamos ni cinco minutos en enseñar pasaportes y seguir nuestro camino, y vamos muy ilusionados por estar en Canadá. Además el paisaje es muy bonito, a pesar del mal tiempo, y esto nos anima aún más el humor.
Llegamos a Gananoque sobre las 12:30pm. Nuestro hotel, el Best Western(http://www.1000islandsbestwestern.com/), está justo a la entrada, así que lo encontramos en un segundo. Nos llevamos la sorpresa de que la habitación es enorme y preciosa, y recorremos el hotel encantados, por que nos parece todo genial. Nos quedamos a comer en el restaurante del hotel, el Good Time Charlys, que todo tiene muy buena pinta, y acertamos, por que tanto mi pescado con verduras salteadas, como el entrecote de Joaquín, estaban esquisitos. Pagamos 38 €.
Eran las 2:30 y no sabíamos muy bien cómo organizarnos la tarde, así que finalmente nos vamos al puerto de Gananoque a ver si pillamos algún crucero. En Gananoque Boat Line nos dicen que en media hora sale un crucero de 3 horas. Que es lo único que queda para la tarde. Se nos cae el alma a los pies, por que 3 horas nos parece una paliza para la niña, pero claro, no queremos quedarnos sin crucero. Le preguntamos a la chica si no hay posibilidad de ir a otro sitio a hacer un crucero más corto, y ella nos indica que en Ivy Lea, un pueblo que está a quince minutos, la misma compañía tiene un crucero de una hora que sale en veinte minutos.
Así que salímos de allí zumbando, cruzamos todo Gananoque y llegamos a Ivy Lea a tiempo justo de pillar el crucero de una hora, que encima tenía esplicaciones en español. 28.84€ los dos. Nos pusimos más contentos que unas castañuelas.
El crucero nos encantó, nuevamente, a pesar del mal tiempo. El cielo estaba gris y había una neblina que lo cubría todo, pero de todas formas, las vistas desde el barco merecían la pena. Os podeis imaginar que hicimos unas cien fotos por minuto.
De vuelta en el puerto, nos dijimos que el crucero de tres horas seguramente se nos hubiese hecho largo. El de una hora es perfecto. Aprovechamos para dar una vuelta por Gananoque en coche, ya que es un pueblo muy bonito y luego nos vamos de vuelta al hotel.
Mientras Eire se duerme una buena siesta en el carrito, nosotros hacemos uso de la piscina cuvierta del hotel, el jacuzzi y el baño turco. Nos quedamos como nuevos. El resto de la tarde jugamos con la niña en la piscina. Estabamos tan relajados que ni siquiera nos apeteció salir del hotel para cenar, así que cenamos donde habíamos comido y nuevamente, todo muy rico, un combo de aperitivos y una pizza casera. Y a dormir.
Lunes 3 Octubre.
Eire se despierta a las 6:00am. Bien, ya vamos cogiendo el ritmo. Teníamos incluido un abundante desayuno compuesto de huevos, beicon, salchichas, tostadas, zumo, café... con las pilas puestas cargamos las maletas en el coche y dedicamos más de media hora a disfrutar de los jardines del hotel, donde hay ardillas y columpios, y Eire juega un rato. Sigue muy nublado, pero por lo menos no llueve.
Salimos dirección Ottawa por la autovía, y nos salimos casi llegando a la ciudad siguiendo unos carteles que indicaban miradores sobre el canal Rigaud. El mirador que encontramos fue muy bonito y nos quedamos un rato disfrutando del paisaje, además, como pillabamos justo la migración de gansos salvajes, nos encontramos con muchísimas bandadas de aves descansando junto al canal, y nos encantó. Pero al intentar ir de nuevo hacia la ciudad, nos perdimos. La zona por la que andabamos no aparecía en mi mapa, y "la tonta" no encontraba señal. Así que condujimos un poco por inercia hasta que encontramos una calle principal que aparecía en el mapa y que nos llevó al centro de la ciudad.
Primera parada en el Museo de las Civilizaciones. Tras pensarlo un rato decidimos no entrar, por que no llovía y queríamos aprobechar, que hasta ahora no habíamos podido hacer ni un paseo sin lluvia. Así que disfrutamos un rato de las vistas del Parlamento desde aquel lado del rio y luego cruzamos hacia el centro de la ciudad.
Tras mucho pensarlo dejamos el coche en un parking cercano al Parlamento, debajo de un centro comercial, y nos vamos andando hasta los edificios del Parlamento. Nos gustó muchísimo, y miramos a ver si se puede entrar. Una chica nos esplica en la puerta que algunas salas y el mirador de la torre son gratuitas, que solo hay que pagar para la biblioteca y las visitas guiadas. Así que vemos el edificio por dentro, subimos a la torre y... sorpresa, estaba muy encapotado y a penas se distinguían las vistas, pero bueno, nos quedamos allí un buen rato.
Al salir llovía a cantaros. Como no. Así que nos pegamos una carrera hasta el centro comercial donde tenemos el coche y nos planteamos qué hacer. Eran las 12:30, así que decidimos comer allí mismo, nos compramos unas hamburguesas y unas ensaladas en Shakeys Deli y nos las comemos en el centro comercial. Pagamos 20 € y nos parece caro, la verdad, por lo que hemos comido, aunque todo estaba bien.
Al salir del parking dudamos de nuevo qué hacer, y finalmente decidimos ir con el coche hasta Bayward Market, para verlo aunque sea desde el coche. Encontramos un aparcamiento justo al lado, así que nos plastificamos de nuevo y damos una vuelta por el barrio, que resultó ser bastante bonito, lleno de puestos, tiendas, restaurantes, galerías de arte... a las 3:30pm ya estábamos saliendo de la ciudad, con muchísimo trafico, pero sin problemas.
En poco más de una hora llegabamos a Rigaud, y como era tan pronto, decidimos parar en un area de servicio que vimos desde la carretera donde había columpios para Eire. Aun estaba todo un poco mojado, pero por lo menos no llovía. Casualmente, junto a los columpios descubrimos una oficina de atención al visitante, donde una de las chicas hablaba español. Nos recomienda ir a ver un santuario que hay en la montaña, cerca de Rigaud, y dedicamos la tarde a pasear por la zona.
Qué grata sorpresa fue, ya que tanto el pueblo como los alrededores son bastante bonitos. Al final echamos la tarde. Sobre las 6:30, cuando ya había anochecido, nos fuimos al Howard Johnson (http://www.hojo.com/hotels/quebec/rigaud/howard-johnson-inn-rigaud-qu/hotel-overview), nuestro hotel.
El hotel está en una especie de area de servicio, y aunque está alejado del pueblo, tiene restaurante y está junto a una gasolinera y un par de burguers. Le chica de recepción, muy agradable, nos dice que no tiene la reserva. Yo le muestro mi reserva, hecha directamente en la pagina del hotel, y ella, muy extrañada, nos dice que no hay problema, que dos da una habitación y punto. Fueron 53 €.
La habitación es grande y muy limpia, qué suerte estamos teniendo con los hoteles. Nos acomodamos y pasamos un buen rato descansando en la habitación, viendo la tele, jugando con Eire. Aprovechamos para tomarnos unas cervezas que hemos comprado en Rigaud. A las 9pm salimos a cenar y nos encontramos con el restaurante del hotel cerrado por descanso, no hay problema, hay más sitios. Nos acercamos a un burguer que hay contiguo que tiene muy buena pinta, y vemos que están limpiando y tienen las sillas sobre la mesa, así que sin entrar continuamos al siguiente, que es un Tim Hortons y que principalmente tiene donuts y muffins, en plan salado solo tiene un par de sandwich y nos nos apetece, así que continuamos al siguiente, que es un Pizza Hut que comparte local con un Burguer King. Nos gustan las pizzas del Pizza Hut así que nos decidimos y cuando vamos a pedir, la chica nos dice que acaba de cerrar, que solo está abierto el Burguer King. Esto sí que nos molesta, ya que no somos nada amigos de este tipo de cadenas de Burguers, pero como no hay otra cosa, nos pedimos unos menús y nuggets de pollo para Eire. No estubo mal, en la linea de este tipo de sitios.
De regreso al hotel nos encontramos con que el primer burguer que vimos, que tenía muy buena pinta, sí que estaba abierto, y hay gente dentro cenando. Menudo mosqueo pillamos. Nos consolamos pillando unos cafés y unos donuts en el Tim Horton, que nos comimos en el hotel y que estaban deliciosos. A dormir.

Martes 4 Octubre.
Desayunamos en el Tim Hortons, donde una ancianita encantadora nos atendió. Nos sorprendió que aun estuviera trabajando con esa edad pero era tan encantadora que nos pareció genial. Nos zampamos dos donuts cada uno y un café, mientras la niña da buena cuenta de una caja de bolitas de esas que están hechas con la masa del donut.
Dejamos el hotel y salimos en dirección Montreal. Ponemos el GPS. En una hora estabamos entrando en la ciudad, pero como había mucho tráfico, tardamos otra hora en llegar al hotel. Aparcamos en la puerta y nos parece un robo lo que cuesta aparcar en la calle, pagamos 3 dolares por una hora. El hotel Lord Berri está justo frente a la universidad, junto al barrio latino, y nos da muy buena impresión nada más entrar. Nos dicen que no podemos hacer el check in por la mañana, que volvamos a partir de las 4. Así que dejamos el coche en el parking del hotel previo pago de 14€ al día, precio que nos parece un chollo tras ver lo que cuesta aparcar en la calle y nos vamos a ver la ciudad.
Está nublado y hay mucha humedad, pero al menos no llueve. El hotel está a unos diez minutos del Viejo Montreal, así que en un corto paseo nos plantamos en el Hotel de Ville, que nos pareció precioso. Luego recorrimos la zona: el Chateau Ramezay, la iglesia de Notre Dame, la place Royale y todas las calles colindantes, el Mercado Bonsecours, el viejo puerto...
A la 1pm nos entra el hambre, y cuando comenzamos a mirar los restaurantes, nos parecen bastante caros. A mi se me antoja algo calentito, así como... comida china. Joaquín aplaude la idea y tiramos para el barrio chino, que resulta ser pequeñito, y donde encontramos un restaurante pequeño donde comimos de maravilla. Entramos por que estaba lleno, la verdad, y nos dio buena impresión, y resultó que la comida estaba deliciosa, además de recibir un trato super amigable del personal. Tu elegías los ingredientes: arroz o fideos, pollo o ternera, etc, y ellos te lo ponían todo en un bol enorme, con salsa y caldito. Nos pusimos las botas. Y tras salir del restaurante más que satisfechos, nos encontramos con una pastelería china con muy buena pinta, y no pudimos resistirnos a probar unos pastelitos, hechos con una especie de bizcocho amarillo, super esponjoso, y rellenos de nata o chocolate.
Con la tripa llena y cansados de patear, nos vamos para el hotel a hacer el check in. La habitación del hotel nos encanta, así que nos instalamos y decidimos descansar un rato. Eire se pega una buena siesta y nosotros nos organizamos la tarde. Resulta que ya hemos visto todo lo que hay en el Viejo Montreal, así que planteamos la opción de ir a ver el Biodome (todo el mundo nos había hablado de él), o de pasar la tarde en el Mont Royal. Finalmente hacemos esto último.
Sacamos el coche del parking y nos vamos para el Mont Royal, aparcamos y nos vamos de paseo. Tampoco es un sitio demasiado grande, así que en un paseito estamos en el mirador del grand chalet, que nos encantó. Luego seguimos el paseo, parando de vez en vez para jugar con las ardillas o con las hojas caídas por el suelo, que a Eire le encanta, y terminamos en el lago del Castor, donde estuvimos un rato dando de comer a los patos.
Como aún quedaba tiempo hasta que se fuera la luz, nos paramos en un parque que habíamos visto por el camino, cruzando el barrio de St Louis, donde había muchos columpios y donde nos quedamos hasta que se hizo de noche, jugando con Eire y haciendo amigos. De vuelta en el hotel nos arreglamos y nos vamos a pasear por el barrio latino. No lo teníamos pensado, pero terminamos cenando genial en un restaurante mexicano que encontramos por el barrio, el Tres Amigos. 40 € por una comida riquísima con cervezas y margaritas incluidos. Como estábamos agotados, a las 10:30pm estábamos metidos en la cama. Otro día bien aprovechado.

Miercoles 5 Octubre.
Dejamos el hotel y nos preparamos para salir de Montreal. Joaquín quiere poner el gps, pero yo siempre termino mosqueada con el trasto, así que al final pasamos de él y usamos el mapa. Tardamos casi dos horas en salir de la ciudad, entre el tráfico, los semáforos... en fin, Joaquín se tira las dos horas burlándose de mi: ¿ves como el gps es nuestro amigo? ¿ves como teníamos que haberlo puesto?
Justo a la salida de la ciudad paramos en un Wendys y nos comemos uno de esos riquísimos sandwichs de desayuno que hacen ( es un panecillo redondo relleno de huevos revueltos, salchicha, queso y ensalada), y seguimos la ruta por la 40 hacia el este.
Nos desviamos en Louiseville para ir hacia Sacacomie, y como el pueblo nos pareció bastante bonito, hicimos una primera parada para hacer unas fotos. Hacía un día precioso, soleado y con el cielo muy azul. Por fin vemos el sol en Canadá.
Nos emocionamos al ver las primeras señales de advertencia de que hay alces en la zona, y nos emocionamos ante la idea de cruzarnos con uno. Al seguir la ruta nos encontramos con un montón de tramos de obra que te obligaban a tomar una ruta alternativa y dar más vueltas, total, que tardamos casi el doble en llegar a Saint Alexis des Monts, que también estaba en obras y tuvimos que rodear para tomar el camino a Sacacomie.
Aunque el paisaje era bastante bonito, terminamos un poco hartos de tomar tantos desvíos. Suerte que cuando tuvimos las primeras vistas del lago, se nos pasó el mosqueo. Es un lugar de postal. Hicimos varias paradas para ir asomándonos cada vez que veíamos un mirador, y finalmente bajamos hasta el hotel Sacacomie, donde aparcamos el coche.
El hotel es muy bonito, está hecho íntegramente en madera y tiene salones con chimenea y animales disecados por todas partes. Desde la terraza las vistas son increibles, y nos tomamos un riquísimo café calentito allí sentados. El mejor café de todo el viaje, eso sí, previo pago de 6 dolares cada café. En fín, el lugar lo merecía. Vimos que desde el mismo hotel hay una bajada al lago, y decidimos ir por allí, pues no parece haber muchos más accesos hasta el agua.
Seguimos las indicaciones y bajamos por una serie de escaleras y pasarelas de madera, entre un denso bosque de pinos, resoplando de pensar en la subida que nos esperaba luego, pero cuando llegamos al lago, nos quedamos boquiabiertos. Es tan bonito que nada de lo que diga le hace justicia, que ninguna de las fotos que hicimos le hace justicia.
Nos tiramos allí casi una hora dando paseos, haciendo fotos y disfrutando de las vistas. Un hidroavión aterrizaba y despegaba de vez en cuando. Aunque en el hotel te advierten que hay muchos animales distintos por la zona, no vemos ni uno. Con mucha pena dejamos el lago y comenzamos la subidita hasta el hotel.
Cuando llegamos arriba íbamos con un hambre tremendo, pero el restaurante del hotel nos pareció muy caro, así que tomamos la carretera rumbo Saint Alexis. En el pueblo vemos varios restaurantes, pero Joaquín cree que es mejor continuar un poco hasta el siguiente sitio. Vamos atravesando pueblos (y más obras ) y no vemos ningún restaurante.
Son las 3pm cuando encontramos Le Villageois, en Charette (http://www.tourismemauricie.com/membre/restaurant-le-villageois ), un pequeño pueblo. Hambrientos y cansados nos sentamos en la barra y ojeamos la carta. El restaurante es muy chulo, la carta tiene muy buena pinta y las mesas están llenas de gente local terminando de comer, lo que siempre nos da buena sensación. La gente del restaurante comienza a saludarnos y a decirle cosas a Eire, todo el mundo muy amigable nos pregunta qué hacemos por allí, adonde vamos... la camarera nos sirve unos vasos de agua y le da a Eire un bloc de dibujo y un estuche de pinturas. La niña encantada. Yo pido fish and chips y Joaquín unos filetes rusos en salsa. La comida es abundante y está buenísima, así que nos lo comemos todo encantados de la vida. Luego miramos una vitrina que tienen llena de tartas, y aunque nos cuesta decidirnos por que todas tienen una pinta estupenda, nos decidimos por compartir una de limón y merengue que estaba para chuparse los dedos. Nos salió por 24 €.
Animados y con la tripa llena seguimos camino. Varias personas nos han recomendado ir al Museo de la Fauna de Quebec si queremos ver animales, que está a las puertas del Parque Nacional de La Mauricie, en Saint Gerard, así que para allá vamos. Tardamos media hora en llegar al pueblo, y al no ver indicaciones del museo por ningún lado, preguntamos a varias personas que no saben indicarnos. Al final entramos a un colegio y preguntamos a los profesores. Tras darnos unas indicaciones dificilísimas, y cambiarnos la ruta un par de veces, por que no se aclaraban ni entre ellos, terminan por decirnos que sigamos a unos padres que están allí recogiendo a la niña y que van en esa dirección. Menos mal, por que hubiera sido casi imposible encontrarlo nosotros solos.
Los padres se desviaron de su ruta para llevarnos hasta la misma puerta del Museo de la Fauna. Dentro, una chica muy amable nos atiende en español, y nos explica qué vamos a ver dentro y que la entrada son 12 dolares cada uno. Joaquín le dice que la niña está deseando ver a los animales y ella dice algo (no recuerdo qué) que nos deja un poco descolocados... le preguntamos si vamos a ver animales, y ella dice que sí, claro, que es un centro de fauna. Le preguntamos si los animales están vivos y nos dice entre risas que claro que no, que no es un zoo, que es un museo y los animales están disecados. Se nos cae el alma a los pies.
No entramos, claro, pero hemos perdido demasiado tiempo buscándolo y solo nos queda una hora y media o poco más de luz, con lo que no nos da tiempo a ver el parque nacional. Nos quedamos un rato en el coche, completamente decepcionados y sin saber ni qué hacer. ¡A mi se me saltaban las lágrimas!! Echamos cuentas de nuevo y decidimos entrar a La Mauricie y aprovechar lo que quede de luz aunque tengamos conducir por allí de noche.
Las casetas de la entradas están cerradas, así que tomamos un mapa de un dispensador automático y entramos en el parque (no se si hay que pagar entrada o no, nosotros con las casetas cerradas no pagamos). Iniciamos el camino con mucha ilusión, y esta se iba incrementando a medida que avanzábamos, pues el parque resultó ser precioso.
Son unos 70 kilometros de carretera en total, aunque hay carreteras secundarías para acceder a algunos puntos, y vas avanzando por un camino bordeado de arboles de colores, donde en cada curva descubres algo interesante: un río, un lago, una pradera, otro lago... vamos parando en los diques de castor, que nos encantan, y conseguimos ver un castor nadando en el agua. Hicimos una parada un poco más larga en el lago Edouard, ya que tiene una preciosa playa y nos apetecía pasear por allí un poco.
Se nos hizo de noche en el Lac Bouchard, donde aprovechamos los últimos resquicios de luz. No vimos ni un animal. Nos habían dicho que al anochecer es muy fácil verlos, pero nada, ni un alce, ni un ciervo, ni un conejo... aparte del castor que vimos nadando, nada de nada. Salimos de La Mauricie completamente de noche, y bajamos la rivera del río con las bonitas vistas de los pueblos iluminados sobre el río.
En menos de una hora estábamos en Saint Luc des Vincennes, donde teníamos reservado el B&B Gite des Soeurs ( http://www.bbcanada.com/11636.html). La casa resultó ser preciosa, igual que nuestra habitación, con un cuarto de baño tan grande como la habitación, decorado con mucho gusto, por 80$ la noche los tres, con desayuno. Nos instalamos con idea de descansar un rato, pero el dueño de la casa nos aconseja ir a cenar pronto, pues lo más cercano que hay para cenar está a veinte minutos en coche y además, cierran pronto.
Como son las 8pm, salimos zumbando hacia Saint Narcisse, donde está la 67 Pizzería que estaba vacía y con pinta de cerrar. Una amable señora nos dice que nos atienden sin problemas, así que nos comimos una pizza buenísima y una ración de patatas poutine (muy típicas por esta zona, son patatas fritas con queso fundido, salsa y salchichas troceadas, están buenas pero son bastante pesadas). Por 31 €. De vuelta en la casa nos relajamos un rato y nos vamos pronto a dormir, que estamos agotados.

Jueves 6 Octubre.
Nos levantamos muy descansados y nos ponemos las pilas con el desayuno de reyes que nos sirve Francoise, la dueña de la casa: huevos revueltos, salchichas, beicon, tortitas, frambuesas y arandanos frescos... nos quedamos un rato charlando con ella y su marido, y nos despedimos con pena de esta maravillosa familia y de esta maravillosa casa.
Vamos del tirón hasta Wendakee, pueblo perteneciente a la nación de indios hurón. En la oficina de información nos atiende un chico que habla español, y nos ayuda a organizarnos la visita. Vamos lo primero a ver la cascada Kabir Kouba, que está en un pequeño cañón y es muy bonita. Luego damos una vuelta por el pueblo, que nos encanta. Y por ultimo, vamos al Sitio Tradicional Huron, una especie de museo al aire libre donde te explican la historia de esta tribu, y te enseñan su estilo de vida, y el de algunas de las otras tribus nativas. La entrada es cara, 12 $ por persona, y está muy enfocado al turismo, con gente disfrazada por allí y todo esto, pero en general, nos gustó bastante.
De allí nos vamos a la Mason des Jesuites de Sillery, atravesando un poco este pueblo, que tiene unas mansiones y algunas casas históricas muy bonitas. Cuando llegamos al museo vemos que está cerrado y que abren en una hora, así que aprovechamos para comer en un restaurante italiano que hay enfrente. Tienen un menú del día que incluye una sopa y un plato de pasta, y comemos muy bien.
Volvemos al museo a la hora señalada y una chica nos abre y nos dice que en realidad solo abren los fines de semana, que ella está allí haciendo trabajo administrativo. Así que nos vamos con dirección Beauport, para pasar la tarde por la costa. Vamos hasta Baupré y vemos el santuario, aunque tampoco es gran cosa.
Seguimos el camino para ver el cañón de Sainte Anne, pero cuando llegamos allí nos dicen que cuesta 15$ por persona entrar, y ya nos parece una clavada. Así que tomamos el camino de vuelta, que por cierto, era una carretera muy bonita, con largas cuestas y las vistas del río y la isla de Orleans de fondo.
Nos vamos a Montmorency, y nos dicen que para poder aparcar son 10 $. Pero bueno, ¿de qué va esta gente? Nos parece que te cobran por todo y nos mosqueamos un poco. Nos vamos con el coche al pueblo que hay al lado, dejamos el coche aparcado en una calle de casitas, y nos vamos andando diez minutos por la vía del tren hasta las cascadas. La verdad que tanto la cascada pequeña como la grande son muy bonitas.
Como aún nos queda tiempo, cruzamos el puente hasta la isla de Orleans y damos una vuelta, disfrutando del paisaje. Paramos en una sidrería que tenía degustación de vinos, sidra, mermeladas y paté y pensamos en hacer la degustación, que salía por unos 6$ cada uno. Pero un grupo acababa de entrar y nos dijeron que teníamos que esperar a que terminaran, así que tras quedarnos un rato viendo las ovejas y los patos con la niña, nos marchamos a seguir la ruta.
Terminamos tomando un chocolate caliente en una preciosa chocolatería de Sainte Petronille. Sobre las 6pm dejamos la isla de Orleans y tiramos para Quebec. Joaquín quiere poner el gps, pero yo me niego, como de costumbre.
En menos de media hora estábamos en el centro de la ciudad, pero nos encontramos con un problema: la ciudad está extrañamente dividida en varias partes y la mayoría de las calles nos llevaban de vuelta siempre al mismo sitio. En el mapa parecía que estábamos a pocos metros de nuestro alojamiento, pero nos resultaba imposible llegar a la calle.
Cuando por fin encontramos el camino, casi lloramos de alegría. A las 7 llegamos al B&B A L´Augustine (http://www.bbcanada.com/augustine ), y desde el primer momento nos pareció un lugar muy acogedor. Caroline, la dueña, nos dice que ha cometido un error y que había apuntado mal la fecha, que había dado nuestra habitación a otra persona, pero que como el error era de ella, que nos daba en compensación la suite para la primera noche, y para la segunda, la habitación normal que habíamos reservado. Nosotros encantados, claro, nos instalamos en una habitación enorme con salón y chimenea, con un baño gigante. Tras descansar un poco en la habitación, salimos a cenar a Hobbit Bistro (http://www.hobbitbistro.com/), un restaurante que nos aconsejó Caroline, donde cenamos de maravilla Confit de Pato con verduritas y Hamburguesas suprema de ternera, en un ambiente cálido y tranquilo, por 41 €. Luego paseamos un ratito por la calle Saint Jean, llena de bares y cafés. Nos fuimos a dormir prontito.

Viernes 7 Octubre.
Nos levantamos encantados en nuestra preciosa suite, recogemos las maletas y dejamos la habitación. Caroline nos guarda las maletas, luego las subirá a nuestra nueva habitación.
Nos sentamos en la mesa del desayuno con otros dos huespedes, una chica alemana que habíamos conocido por la noche, y un chico. Cuando el chico nos oye hablar en español se le ilumina la cara. ¿Españoles? Nos cuenta que se llama Adrian y es de Pamplona, que ahora está viviendo en Alemania y que lleva unos días en Quebec para unas conferencias relacionadas con su trabajo.
Charlamos durante casi una hora mientras nos tomábamos el delicioso y especial desayuno de Caroline, compuesto de un cuenco de yogurt con frutas y sirope de arce, un riquísimo zumo natural de varias frutas combinadas, crepes recién hechos con mermelada, tostadas y café.
Salimos a ver la ciudad, con sol y un precioso cielo azul, sí, pero con cero grados. Subimos lo primero a la ciudadela, nos cuesta encontrar la entrada, debemos ser muy torpes, pero por fin entramos y nos vamos lo primero a informarnos de la visita guiada.
Los guías hablan español, son chilenos, y amablemente nos explican de qué va la visita, el museo, etc. Le comentamos que nos da cosa pagar la visita y que luego la niña se ponga a dar la lata y no nos deje enterarnos de nada. Ellos nos dicen que lo mejor de la visita son las vistas de la ciudad, y que podemos tener las mismas vistas si seguimos un camino que hay junto a la entrada. Nos indican el camino y nos quedamos casi media hora charlando con ellos sobre la vida en Quebec, los -45 grados que hace durante el invierno, la nieve, los sueldos, el estilo de vida y cosas así.
Tras despedirnos seguimos el camino y llegamos a una colina sobre la ciudadela desde la que tuvimos las anunciadas vistas de la ciudad. Luego nos echamos unas risas bajando a la carrera la larga rampa de hierva que nos separa de la ciudad, por la que casi acabo rodando gracias a mi agilidad de pantera.
Damos una vuelta por la Terrasse Dufferin, por el jardín del Governador, el Chateau Frontenac, el Monasterio de las Ursulinas, el Hotel de Ville, y las calles colindantes.
Nos encanta Quebec, así que comenzamos a subir y bajar calles, sin rumbo fijo, haciendo fotos sin parar. Terminamos bajando al Quartier Champlain, que nos pilla por sorpresa, por que es realmente precioso. Pequeñas calles, con edificios antiguos, preciosas tiendas de fachadas de colores, toda la calle decorada con calabazas y muñecos de paja... parecía salido de un cuento.
Volvemos a subir las calles de la ciudad y salimos del Viejo Quebec. Ya vamos con hambre y es hora de comer, así que recorremos la calle Saint Jean mirando las cartas de los restaurantes. Terminamos en el Hobbit, que tenía un menú de medio día que tenía muy buena pinta, y nuevamente comimos genial. Tomamos sopa de tomate y verduras, filetes con patatas, tarta de chocolate y frutos rojos, y cervezas. Lo del menu del día al final no nos salió tan a cuenta, pues entre bebidas y postres, pagamos 40 €, pero estuvo todo muy bien.
Estábamos muy cansados, así que nos planteamos irnos al hotel un rato a echar una siesta, pero hacía tan buena tarde que nos daba pena desaprovecharlo. Así que nos fuimos a los Champs de Abraham, después de subir un montón de calles todas cuesta arriba, con el estómago lleno, llegamos allí a punto de echar el hígado. Yo casi me muero.
El parque resultó ser precioso, grandes explanadas de hierva verde, donde corrimos con la niña, perseguimos ardillas, rodamos por el suelo... tan a gusto, al sol. Recorrimos todo el parque y terminamos en los columpios, donde nos quedamos jugando con Eire el resto de la tarde, hasta que se puso el sol.
Volvíamos por el parque de camino al hotel cuando un chico se nos acerca a hablar con nosotros, nos dice que ha trabajado en Ibiza hace años y que le ha hecho mucha ilusión escucharnos hablar en español. Charlamos con él casi una hora, sobre la economía, los sueldos, los precios de las cosas... en general, nos damos cuenta de que los sueldos en España son muchísimo más bajos. De hecho, cuando a este chico le explicamos que el sueldo medio español es de unos mil euros, y que hay gente que ni siquiera llega a eso, se le ponía los ojos como platos. Nos decía: pero eso es a la semana, ¿no? Y nosotros: no, no, al mes. Alucinaba. En fin, que este chico tan majo nos enseñó su preciosa casa de un millón de dolares, con vistas a los Champs, y se despidió de nosotros deseándonos lo mejor.
Nos vamos al alojamiento, y vemos nuestra habitación nueva, muy bonita y acogedora. El baño está en el pasillo pero solo lo compartimos con Adrian, así que sin problemas. Descansamos un rato y salimos a cenar de nuevo a la calle Saint Jean, que nos encanta.
Después de dar un par de vueltas, decidimos que no vamos a volver al Hobbit otra vez, vamos a probar otro sitio. Como llevamos un ritmo de gastos considerable, decidimos entrar en Snack Bar Saint Jean que tiene los precios en el escaparate y parece muy barato. Una vez dentro pedimos hamburguesas, un perrito para Eire, aros de cebolla, patatas y refrescos. Cuando vemos la comida alucinamos, todo era ridículamente pequeño. Al final nos costó cenar 20 € y la comida no mereció la pena en absoluto. Patinazo total. En fin unas veces se acierta, otras no.
Último paseo por la calle, últimas compras en un supermercado, y a descansar a nuestra habitación.

Sábado 8 Octubre.
Desayunamos con Adrián, la chica alemana y otro matrimonio francés. Esta vez, Caroline nos sorprende con un riquísimo revuelto de setas y verduras en lugar de las crepes.
Nos despedimos de todos con pena, cargamos las maletas y dejamos la casa. Según el gps tenemos más de cinco horas hasta Burlington, nuestro siguiente destino.
A las tres horas de camino ya vamos hartos de tanta autovía, así que nos desviamos y comenzamos a ir por carreteras secundarias. No nos gusta nada viajar por autovía cuando no llevamos prisa por llegar, por que desde la autovía a penas disfrutas del paisaje, así que siempre que podemos vamos por secundarias. Vamos disfrutando de los pueblos y los campos que atravesamos. Perdemos casi media hora en hacer un desvío por obras en un pueblo (para dos kilómetros de carretera levantada, nos obligaron a hacer un rodeo de quince kilómetros).
Cuando llegamos a la frontera ya llevábamos casi cinco horas de camino y cual sería nuestra sorpresa que en aquella pequeña carretera comarcal había ¡dos horas! de caravana para cruzar la frontera. Dos largas horas metidos en el coche, parados, frente a la frontera.
Cuando por fin nos toca pasar nos piden los pasaportes, los revisan, nos empiezan a preguntar un montón de cosas y nosotros empezamos a perdernos con el idioma, llega un punto en que no entendemos nada. Nos retienen los pasaportes y nos hacen aparcar el coche y esperar en una sala. No cunde el pánico por que vemos que hay mucha más gente como nosotros, esperando. Será un control rutinario, pensamos. Bueno, nos toca el turno y un agente joven nos llama y comienza a hacernos una serie de preguntas, nos atascamos en el mismo punto que antes. Eire se pone a llorar y chillar, yo me pongo de los nervios, y Joaquín no entiende nada de lo que el chico nos dice. Finalmente, el agente habla entre risitas con otro y nos deja pasar. De pronto yo comienzo a entender lo que nos estaban preguntado y lo entiendo todo. Nos preguntaban por la ESTA, el permiso de entrada al país. El agente le decía a su compañero algo así como: no me lo enseñan, pero si llegaron por avión al país hace unos días, está claro que lo tienen. Pero es que no me entienden.
De camino al coche, partida de risa, se lo explico a Joaquín, quien también se parte. Sí, claro, nos reímos, pero menos mal que dimos con un agente majo, que si no, vete tu a saber.
Son las tres de la tarde y vamos desmayados de hambre, así que tomamos la primera salida que vemos para buscar donde comer.
Entramos en Swanton. Primero llenamos el depósito, que el precio de la gasolina ha bajado considerablemente. Luego buscamos donde comer, pasamos de largo el McDonals y aparcamos el coche en la puerta de Jacobs, en la entrada de Swanton (http://www.jacobsrestaurant.com/ ). El restaurante nos encanta nada más entrar por la puerta, muy típico. Pedimos entrecotte y pollo con verduras y la camarera nos explica que tenemos gratis un buffet de ensaladas que podemos servirnos nosotros. Rematamos la faena con un super brownie gigante con helado para compartir.
Satisfechos y felices, decidimos seguir la carretera 78 para ver las islas. Hacemos una primera parada en Missisquoi, en un bonito mirador sobre el río. Para junto a nosotros un señor que nos indica que si estamos visitando la zona, le sigamos que nos va a llevar a un sitio. Así lo hacemos (sin plantearnos siquiera que pueda ser un asesino en serie) y nos lleva a través de un camino de tierra hasta una bonita playa donde hay un par de familias de pesca, un paseo junto al río y algunos bancos. Las vistas son preciosas. El señor baja del coche con sus hijos y se sienta en un banco a charlar con nosotros un buen rato mientras los chicos se descalzan y se meten al agua. Viven allí cerca y les encanta ese sitio, que casi nadie conoce. Nos explica que cuando nos vio de turismo con la niña, pensó en enseñárnoslo. Se lo agradecemos, por que a nosotros también nos encanta. Pasamos allí un rato y seguimos el camino.
Vamos cruzando puentes y atravesando islas, y el camino nos parece precioso. Paramos cada pocos metros a admirar el paisaje, hacer fotos y disfrutar de las vistas. Las casas son muy bonitas, y cada dos por tres vamos viendo edificios marcados como "históricos", muy bonitos. Vemos bandadas de gansos posándose en el agua o levantando el vuelo a nuestro paso.
Disfrutamos de un increíble atardecer antes de dejar Grand Isle y llegamos a Colchester a las siete de la tarde. Encontramos el Days Inn (http://www.daysinn.com/hotels/vermont/colchester/days-inn-colchester-burlington/hotel-overview)sin muchos problemas y comprobamos que está muy bien. Habitación enorme, terraza con bonitas vistas del bosque y el río, todo muy limpio. Como llevábamos todo el día en el coche, decidimos bajar a la piscina climatizada para que Eire juegue un rato y nos tiramos allí una hora en remojo, jugando con la peque.
Tras cambiarnos, nos vamos a Burlington a verlo de noche y cenar. La chica del hotel nos explica cómo ir y nos da un mapa un poco cutre, pero que parece fácil de seguir. Joaquín decide que no hace falta coger el gps y a mi me parece fácil llegar al pueblo. Bien, una hora después, tras perdernos por un montón de calles sin iluminar, donde no había ni una persona a la que preguntar, ni una indicación, nerviosos y enfadados, encontramos una de las calles principales de Burlington y aparcamos el coche. Más tranquilos, paseamos por la zona peatonal, que nos pareció preciosa y que tenía muchísimo ambiente. Nos metimos a cenar en The Farmhouse (http://farmhousetg.com/ ), que nos dio muy buena pinta desde el principio, y donde cenamos unas espectaculares hamburguesas (cómo no). Dimos otra vuelta por las calles iluminadas después de cenar.
Regresar al hotel fue mucho más fácil de lo que pensábamos y en veinte minutos estábamos en la habitación.

Domingo 9 Octubre.
Nos levantamos muy descansados y tomamos el desayuno que teníamos incluido en el hotel, que estaba bastante bien y donde podías elegir entre varios tipos de bollería, tostadas, gofres, zumos, cereales, etc.
Nos vamos directos al Waterfront de Burlington, por que hemos visto anunciado que hay un festival de la calabaza y una regata de la calabaza. Aparcamos en Pine St y bajamos andando hasta los muelles. El sitio es muy bonito y como hace un precioso día de sol, el lago Champlain se ve increíble.
Según nos vamos acercando al festival nos vamos emocionando, tiene una pinta genial y parece que nos hemos teletransportado a una peli. En una gran explanada de hierva verde hay diferentes casetas y puestos de comida, de artesanía, atracciones para niños, actividades... al otro lado, junto al agua, acaba de terminar un concurso de calabazas gigantes, las competidoras están sobre carros de madera y puedes subirte y hacerte fotos. ¿La ganadora? Una calabaza de casi ochocientos kilos, increíble. Hay muchísima gente amontonada junto al muelle, y se oyen risas y aplausos continuamente así que nos acercamos y nos llevamos una gran sorpresa. Resulta que lo de las regatas de calabazas es que son en calabazas de verdad. Sí, calabazas gigantes vaciadas y flotando en el agua, con una persona dentro, remando y echando carreras. Nos quedamos allí un buen rato por que era muy divertido.
Luego fuimos con Eire a una gran caseta central donde había actividades para niños y por un dolar pintamos galletas con coberturas de colores y purpurina comestible, luego nos las comimos. La niña disfrutó un montón, y acabó con las manos y la cara pringada de colores. Salió de la caseta chupándose hasta el codo.
De ahí fuimos a sentarnos un rato en la hierva a ver a un grupo de niñas haciendo baile moderno, y luego esperamos una larga cola para que Eire montara en los castillos hinchables. Estábamos disfrutando tanto que no nos dimos cuenta que se nos echó el día encima. Decidimos comer allí y en uno de los puestos compramos unos perritos calientes italianos que tenían muy buena pinta y que estaban buenísimos.
Luego vimos un concurso de disfraces de mascotas y con dolor de corazón decidimos dejar el festival y marcharnos para ver algo, que si no, íbamos a perder todo el día. Antes de coger el coche subimos andando hasta el centro de Burlington para verlo de día, que estaba aún más animado que por la noche.
Finalmente dejamos Burlington y nos vamos hacia Essex, para coger la carretera 128. El paisaje nos gusta desde el principio. Hacemos una primera parada en Westford, y nos entretenemos haciendo fotos por el pueblo, el puente cubierto... vimos un almacén de coches y autobuses antiguos, una especie de desguace de coches de época, que nos encantó.
Seguimos hasta Fairfax y tomamos la 104, conduciendo despacito, disfrutando de las vista. Nos sorprende muchísimo que por todas partes la gente ha sacado al frente de su casa montones de cosas, como muebles, ropa, objetos de decoración, y tienen puesto un cartel que indica que es gratis, que quien quiera puede parar y cogerlo. Me parece una idea genial, por que hay muchas veces que haces limpieza en casa y te da tanta pena tirar cosas que aun están bien... y si alguien lo quiere, ¿por qué no regalarlo? Desde la carretera veo cosas que me gustan y mi cabeza empieza a trabajar pensando en cómo restaurar esos tesoros... me muero de la pena de no poder meter en la maleta algunos muebles, sillas y objetos que me parecen alucinantes.
Como no puedo hacer nada al respecto, me resarzo haciendo fotos a diestro y siniestro de todo lo que me rodea. Los colores de los arboles, los pueblos, las grandes praderas salpicadas de granjas, los animales pastando.
Vamos por Johnson, Morrisville y llegamos a Stowe al atardecer. El pueblo nos gusta mucho y damos un paseo por la calle principal, donde ya están recogiendo y cerrando la mayoría de las tiendas.
Tardamos cuarenta y cinco minutos en volver al hotel desde Stowe, satisfechos de todo lo que habíamos visto, y cansados. Nos vamos a la piscina y nos tiramos una hora jugando con Eire, que no hay quien la saque del agua. Como estamos tan cansados, no nos apetece salir a cenar por ahí, así que le preguntamos a la chica de recepción y nos da un montón de folletos de restaurantes que te llevan la cena al hotel. Mientras decidimos hacemos la colada en la lavandería del hotel, que funcionaba por monedas. Pedimos comida china y por 20 dolares cenamos los tres de maravilla sentados en nuestra habitación.

Lunes 10 Octubre.
Desayunamos en el hotel y tiramos hacia el sur, por la carretera 7, haciendo algunas paradas en los sitios que nos iban gustando. Vamos hasta Chimney Point, donde nos encontramos el puente cerrado por obras y nos indican que tomemos el ferry gratuito que nos cruza hasta el estado de Nueva York.
Seguimos haciendo paradas por que nos gusta todo lo que vemos por el camino. Llegamos al Fuerte Ticonderoga a las 11 de la mañana, pagamos quince dolares por barba y vemos el fuerte, el museo y los jardines. Íbamos a hacer una visita rápida y al final nos tiramos dos horas por que nos estaba gustando mucho y la historia es muy interesante. Decidimos comer allí, por que el restaurante no es caro y tiene unas preciosas vistas del lago, y luego seguimos la ruta hacia el pueblo de Tigonderoga, que resultó ser muy bonito, con muchos jardines y unas cascadas en medio del pueblo.
Fuimos por la 8 hasta Brant Lake haciendo paradas cada pocos metros por que los colores estaban más increíbles que en ningún otro sitio, y además, los reflejos en el agua nos dejaban unas fotos fantásticas. Mientras admirábamos el paisaje en unos muelles de madera, conocimos a una señora que estaba por allí sola haciendo fotos, era de Carolina pero estaba alojada en su casa del Lake George y solía recorrer esa zona para hacer buenas fotos. Nos recomienda subir por la autopista y disfrutar de las vistas que hay por la carretera de Saranac Wild Forest. Así que le hacemos caso y cogemos la autopista 87, enlazamos con la 73 y ya a partir de aquí comenzamos a tener preciosas vistas de Addirondack Nat Park.
Parece que no avanzamos por que vamos parando cada dos por tres a disfrutar del paisaje. Llegamos a Lake Placid y lo vemos desde el coche por que ya vamos mal de hora, subimos por la 86 hasta Saranac Lake , donde paramos a dar un paseo. El pueblo nos gusta mucho y aprovechamos para darle la merienda a Eire sentados en los muelles, echando pan a los patos.
Se nos ha hecho muy tarde y vemos que no nos da tiempo a ir a ver el Saranac Wild Forest ni la Whiteface Mountain pues nos queda poco más de media hora de luz. Nos da mucha tristeza perdérnoslo, pero ha merecido la pena llegar hasta allí por que el paisaje ha sido muy bonito todo el camino.
Volvemos a Lake Placid y tras verlo más despacio, iniciamos el regreso a Burlington. Llegamos a Essex una hora después, completamente de noche, y perdimos por dos minutos el ferry de las siete, así que esperamos media hora al siguiente y a las 8 estábamos llegando a la otra orilla.
Media hora después estábamos en el hotel. Baño rápido en la pisci, nos cambiamos, y nos vamos a buscar el restaurante Ponderosa. Habíamos oido a JP hablar de este sitio y mi marido llevaba dos días con el antojo de ir. Estaba a quince kilometros del hotel, así que tardamos un buen rato en llegar, con la sorpresa de que cerraron delante de nuestras narices. Qué decepción. Para colmo, todos los restaurantes que había alrededor cerraban a la misma hora.
Nos vamos hacia el hotel, muertos de hambre y frustrados, y salimos en willinston Road, una carretera donde habíamos visto muchos restaurantes. Entramos en Friendlys (http://www.friendlys.com/ ) , otro restaurante del que había hablado JP, donde cenamos de maravilla y en un ambiente agradable. Yo me comí un estofado de ternera con arroz espectacular, a Eire le encantó.
Nos vamos al hotel a dormir nuestra última noche allí.

Martes 11 Octubre.
Desayunamos y con muchísima pena, dejamos el Days Inn. Tomamos la carretera 7 hasta Middelbury, donde hacemos la primera parada, muy animados por que el pueblo es precioso. Damos una vuelta por la calle principal, vemos algunas tiendas de antigüedades y bajamos a ver las cascadas que atraviesan el pueblo. Pasamos un rato por debajo del río, donde hay un grupo de niños de una guardería jugando con las piedras, para que Eire juegue con ellos.
Seguimos camino, con idea de parar en el campus de estudios literarios, pero nos debimos pasar la salida, por que no lo encontramos. No nos importa demasiado, por que nos vamos metiendo por las Green Mountains y el paisaje nos encanta.
Vamos despacio, parando en cada curva a disfrutar de las vistas y hacer fotos. Nos desviamos en Texas Falls y damos un paseo para ver las cascadas y disfrutar de los colores del bosque.
Cuando llegamos a Stockbridge nos dicen que la carretera 107, que es la que tenemos que tomar nosotros, está cortada por obras, así que unas chicas de una oficina nos hacen un mapa con una serie de caminos de tierra por los que tenemos que ir para poder llegar al otro lado de la montaña. Así que entre risas y tras media hora de incertidumbre conduciendo por caminos perdidos por la montaña, llegamos finalmente a Royalton, donde tomamos la autovía hacia el norte, para llegar a comer a Northfield, un pequeño pueblo que los Martes tiene un mercado de granjeros.
El pueblo no es gran cosa, pero tiene mucho encanto. Comimos en un restaurante de la plaza principal, The Square biscuit (http://www.squarebiscuitrestaurant.com/) donde probamos los tomates verdes fritos y sandwich de carne de costillas. Antes de irnos, pusimos nuestros nombres con rotulador en la pared, algo que es tradición en el local.
El mercado de granjeros en realidad es un parque donde seis o siete granjeros de la zona ponen unas mesas con fruta y verdura, tartas y mermeladas caseras, cestas hechas a mano... compramos unas manzanas para la merienda y charlamos un rato con los granjeros de los puestos.
Nos encanta hablar con la gente local, preguntarles cosas de las granjas, del tipo de vida y las costumbres... hacemos amistad con un señor que tiene una forja y arregla cosas de metal allí, en el acto. Se le ilumina la cara cuando nos oye hablar en español. Es italiano, lleva veinte años en Estados Unidos, pero aun se acuerda de una vez que estuvo en España siendo joven, y habla con nosotros emocionado, en un idioma mitad inglés, mitad italiano, mitad español, y pasamos un buen rato allí con él.
Finalmente seguimos con la ruta, y un poco más adelante, paramos en Northfield Fall, para ver los tres puentes cubiertos y el precioso río, bordeado de granjas. Continuamos hasta Montpelier y lo vimos desde el coche, por que Eire estaba dormida y nos daba pena despertarla. Una pena, por que es una ciudad muy bonita y merece un buen paseo por el centro. Decidimos irnos pronto hacia Plainfield, donde teníamos el alojamiento reservado en una granja, para disfrutar de la granja y los animales antes de que se hiciera de noche.
Nos costó un buen rato encontrar el camino que nos llevó hasta Hollister Hill Farm (http://www.hollisterhillfarm.com/ ), pero al fin llegamos con casi una hora de luz para disfrutar. El sitio nos entusiasma nada más verlo, la casa es preciosa, parece sacada de Ana de las Tejas Verdes, la granja es de las típicas de la zona, de madera roja, rodeada de praderas verdes y arboles multicolores.
Lee, la dueña de la casa nos recibe en la granja, mientras da de comer a las vacas, y nos explica que podemos movernos por allí con toda libertad, así que le enseñamos a Eire los cochinillos, los cerdos, los terneros, las gallinas, los gatitos, las vacas, los tractores... pasamos el resto de la tarde disfrutando de aquel lugar tan inolvidable. Haciendo fotos a diestro y siniestro.
Luego Lee nos dejó cotillear por la tienda, y disfrutamos como niños viendo los frigoríficos antiguos donde guardan la carne que tienen a la venta, el cuaderno donde están apuntados los encargos de pavos de navidad, las botellas de sirope de arce que hacen ellos mismos...
Era completamente de noche cuando entramos a la casa, nuestra habitación es enorme, con una chimenea preparada para encenderla, un baño completo, todo muy bonito. Nos instalamos y bajamos al salón común, también muy bonito y acogedor, y nos tomamos unas cervezas que habíamos comprado mientras Eire juega en la alfombra con una gran caja de juguetes que tienen preparada.
Entra un chico con su hija de seis años y se quedan con nosotros, se llama Mark y es de Australia, hacemos amistad enseguida y le invitamos a una de nuestras cervezas mientras su hija, Lia, juega con Eire. Pasamos un rato agradable allí en los sofás hablando de viajes y otras cosas.
Nos despedimos y cogemos el coche para ir a cenar a Plainfield a una pizzería que nos han recomendado en la granja(es lo único abierto en el pueblo). El sitio está muy bien y cenamos una pizza riquísima y unas tiras de pollo para Eire.
Volvemos a la granja sin problemas, ya nos hemos aprendido el camino, y nos vamos a nuestra habitación a encender la chimenea y leer un ratito, frente al fuego. Fue mágico quedarnos dormidos con la luz y el sonido de la chimenea de fondo.

Miercoles 12 Octubre.
Nos levantamos muy descansado y bajamos a desayunar. Nos encontramos con una enorme mesa, muy bien preparada, y llena de gente. Lee y su marido, Mark con su mujer, su suegra y Lia, una chica Suiza que está viviendo en Nueva Inglaterra y va a la granja cada pocos meses a pasar unos días, y nosotros tres.
Lee nos sirve una especie de salchichas gigantes, huevos revueltos, tostadas, bizcocho casero, mermeladas caseras, café, zumo... todo estaba riquísimo y mientras desayunabamos, charlabamos con nuestros compañeros de mesa muy animados, tanto, que alargamos la sobremesa media hora más.
Nos hicimos una foto todos juntos, encantados de haber compartido un tiempo tan agradable. Reacios a dejar la granja, nos vamos a los establos y vemos a los animales. Eire persigue a los patos y jugamos un rato con los gatitos en la calle. Luego nos vamos a la parte de atrás de la casa, donde tienen un gran jardín. Eire y Lia juegan juntas y corren por la hierva detrás de los dos Golden Retriever de Lee. Llega la hora de despedirnos, Mark y Lia le regalan un juguete a Eire para que se lo lleve de recuerdo, una granja con botones que tiene canciones en inglés, como Old McDonal have a Farm y Mary have a littel Lamb, que nos encantan, y también sonidos de animales. Decimos adiós a nuestros nuevos amigos y a la preciosa granja.
Hoy tenemos un largo camino por delante y nuestra aventura en coche llega a su fin. Con dolor de corazón nos despedimos de Vermont, y vamos por la autovía todo el camino hasta Nueva York.
Bajamos por la 91, atravesando Massachussets, paramos en Northampton en un area de servicio, y comimos en Bluebonnet Diner (http://www.bluebonnetdiner.net/) un sitio genial con estetica de los cincuenta y un tren electrico moviendose por el techo. 25 €. El camino se nos hace largo, ya que pillamos vastante trafico en algunos tramos, y además, llevamos cinco horas de coche amenizadas con Old McDonal y el corderito de Mary.
Al aproximarnos a Manhattan surgen de nuevo diferencias con el gps. "La tonta" dice que por un lado, yo que por otro. Finalmente le hacemos caso a ella y nos vemos al anochecer atravesando carreteras por el Bronx, con los nervios de punta cada vez que tenemos que parar en un semáforo y con muchísimo tráfico y paradas cada dos por tres.
A mi me entra la histeria, y más aún cuando veo que para llevarnos hasta Newark "la tonta" pretende meternos por todo Manhattan. Así que cojo el mapa de nuevo y le indico a Joaquín para salir de Manhattan por el George Washington Bridge y continuar por la 95 en New Jersey hasta Newark. Hay un trafico horrible, y tardamos en hacer los últimos 60 kilometros dos horas. Menos mal que al llegar a Newark encontramos el Ramada Plaza, nuestro hotel, a la primera.
Descargamos las maletas y vemos que el hotel está genial y tenemos una habitación enorme. Volvemos al coche y conducimos hasta la oficina de Dollar, para devolver el coche. Casi lloramos! Con todo lo que habíamos visto con aquel coche, y tantos buenos momentos que habíamos pasado...
Tomamos el airtrain hasta la parada de los shuttles y esperamos veinte minutos hasta que llegó el del Ramada. Al subir al shuttle hacemos amistad con una señora que habla español, la ayudamos con las maletas y charlamos un rato. Nos dice que vive en Hawaii, y que podemos ir a visitarla cuando queramos. Nosotros con los ojos como platos.
De vuelta en el hotel nos vamos a la habitación a descansar un rato, que ha sido un día muy duro, y nos tiramos un rato en los sillones de la habitación y jugando con Eire. Nos extraña que hay un ligero olor a algo en la habitación... al principio no sabíamos bien qué era, pero tras un rato de darle vueltas nos damos cuenta de que es un ligero olor... a vaca!! Muertos de risa nos damos cuenta de que lo que huele no es la habitación, si no nuestros zapatos... esa misma mañana nos habíamos levantado en la granja de Vermont y habíamos estado jugando entre los animales.
Bueno, tras limpiar concienzudamente nuestros zapatos y dejarlos secando, nos bajamos al restaurante del hotel a cenar. Es un sport bar, y el sitio nos gusta nada más entrar por que está muy bien decorado y parece acogedor. Los camareros hablan español y son muy agradables. Nos encontramos con nuestra amiga la de Hawaii y nos dice que la comida estaba buenísima y ha cenado como una reina. Nosotros andamos un poco depres, y no creemos que nada en el mundo pueda alegrarnos en ese momento. Pero entonces nos traen las hamburguesas que habíamos pedido, y están de muerte, y son enormes, así que nos las comemos felices de la vida. Tras la riquísima cena, nos vamos a dormir y a descansar, que mañana nos espera la Gran Manzana.

Continua el diario de Nueva York aquí:

lunes, 23 de mayo de 2011

Valonia, Bélgica

Bélgica es un país precioso lleno de cosas interesante para visitar, pero casi todo el mundo que va a Bélgica se limita a recorrer el norte del país, Flandes, donde ciudades como Gante, Brujas o Amberes acaparan merecidamente la atención.

 Yo propongo un recorrido precioso por el sur del país, por Valonia, donde podréis disfrutar de campos de un verde infinito, ciudades encantadoras, pueblos típicos y miles de actividades.


Esta es la octava vez que voy a Bélgica, país que conozco por completo, y en esta ocasión nos hemos centrado en Valonia, desde Bruselas al sur.



Nos alojamos, cómo siempre,  en Namur, capital de Valonia, una ciudad grande presidida por una ciudadela y rodeada por el río Mosa y el Sambre.

 Este es un punto estratégico para recorrer toda la región, ya que cualquier punto está como máximo a una hora de esta ciudad. 


Namur ya es en sí misma una bonita ciudad para comenzar a explorar, llena de rincones encantadores y paseos peatonales





 Todo el centro está lleno de cafés y restaurantes encantadores. Y no podéis dejar de visitar alguna de sus muchas pastelerías y bombonerías, son auténticas obras de arte. 





A visitar: la catedral, la ciudadela y las numerosas plazas y callejas.






 El sábado por la mañana un mercado tradicional inunda las calles del centro, donde podréis comprar cucuruchos de patatas fritas o de caracoles, dos de los productos más típicos. Además de un sin fin de puestos de productos artesanos como quesos, embutidos, vinos, mermeladas, flores, pan…






 Los habitantes de Namur son gente amable, con fama (no sé si merecida o no) de lentos, de hecho, el emblema de la ciudad es el caracol, en una de las plazas podéis haceros una foto con la simpática estatua de dos cazadores de caracoles.


Uno de mis sitios favoritos de Namur: Hotel les Tanneurs. Estuvimos un aniversario en este hotel y nos encantó. Tiene muchísimo encanto y es perfecto para una noche especial. En el mismo hotel hay dos restaurantes estupendos, Le Grill des Tanneurs, un restaurante de carnes donde todo está riquísimo, de precio medio. Y L´Esplièglerie, un restaurante muy lujoso donde por unos 45/55 euros por persona tienen unos menús degustación inolvidables. Lo dicho, para una noche especial. http://www.tanneurs.com

Muy cerca de aquí están los jardines de Annevoie, los únicos jardines acuáticos del país. www.jardins.dannevoie.be


Desde Namur, recomiendo algunas distintas jornadas para conocer esta parte del país.

1ª Jornada:
   Salir de Namur por la 92 en dirección a Dinant ya es un espectáculo en sí mismo, la carretera sigue el río entre dos cañones, siempre rodeados de hierba verde, flores y casitas de campo.
 No podréis evitar hacer alguna parada en Wépion, para admirar las vistas y pasear por el borde del río. Este pueblo es famoso por sus heladerías y por sus fresas, las más nombradas del país, que a pesar de su color (es un rojo claro, a simple vista parece que aún no estuvieran maduras) son las más dulces y jugosas que he probado en mi vida.

 Primera parada en Bouvignes, para ver el pueblito, la casa del mercado y la torre de Crèvecoeur. Al otro lado del río está Leffe, con su abadía Notre Dame de Leffe (se puede visitar), conocida de sobra por los amantes de la cerveza.
Si Dinant ya es bonito desde lejos, según te acercas te impacta aún más. En el pasado, a Dinant sólo se podía acceder en barco, ya que por un lado de la ciudad, el famoso peñón Bayard se abalanzaba sobre el agua y bloqueaba completamente la orilla, y por el otro lado había una leprosería. Los valles que la rodean ofrecen majestuosos castillos y abadías, museos, fábricas de cervezas artesanales y varias cuevas en medio de una naturaleza impactante. Desde el teleférico que lleva hasta la ciudadela, colgada a 100 m por encima de la ciudad, la vista sobre el Mosa es vertiginosa. Pero es mejor bajar andando por unas interminables escaleras que dan las mejores vistas. Muy cerquita de allí está Falaën, que se caracteriza por las casas de piedra y las torres del castillo-granja. Hay que recorrer las callejuelas del centro y luego acercarse al castillo de Montaigle, dando un bonito paseo. Allí se puede visitar el museo de las cofradías ( www.molignee.be) y también se puede pedalear en vagonetas por el valle. Por el mismo valle se llega a Maredret, un pueblo artesanal donde visitar el molino, la abadía, los museos de la madera y de la vida rural y la galería de artesanos. Un poco más al oeste, pero cerca, está el Castillo de Walzin, el parque de Furgooz, el Castillo Noisy o el castillo Vêves. Regresemos a Namur.



2ª Jornada:
Durbuy está situada en el valle del río Ourthe y presume del título de ciudad más pequeña del mundo.



 Callejuelas de piedra gris, casas cubiertas de hiedra, jardines floridos,  un castillo bordeado por el río… el paseo por Durbuy está lleno de encanto, y se puede aprovechar para visitar sus numerosas tiendas de decoración y regalos, tan originales que no sabréis qué comprar.





Aunque hay muchos restaurantes recomendados, con una cuidada decoración y una carta sorprendente, nosotros elegimos la Micro-Brasserie La Ferme au Chêne, una micro fabrica del cerveza donde se puede degustar embutidos de la zona, patés caseros, salchichas curadas y quesos. Se come estupendamente en un ambiente hogareño y con un trato muy familiar. Por supuesto la cerveza es excelente. Después de la comida, se puede visitar la fábrica gratuitamente y ver un vídeo con la explicación del proceso y los ingredientes.
A nosotros nos encantó.

Durbuy es un sitio especialmente romántico y muy recomendable para aniversarios y momentos especiales, la mayoría de los hoteles tienen ofertas específicas para estos casos y ofrecen paquetes de alojamiento, desayuno y cena en torno a los 100 o 150 euros. Y te decoran la habitación con velas, flores…
 Pero las opciones no acaban ahí, hay muchas empresas de multiaventuras que proponen bajar el río en canoas, cruzar el bosque en tirolina o hacer rutas a caballo, en bici… Y para los niños una idea estupenda: el laberinto de maíz ( www.lelabyrinthe.be ), donde personajes medievales te esperan para perseguirte y divertirte.



 Dejemos la ciudad más pequeña del mundo para acercarnos a Wéris, un pequeño pueblo donde pasear entre casitas de piedra en medio de un paisaje de llanuras y bosques. La promenade des légendes (el paseo de las leyendas) te lleva por un circuito de dólmenes y menhires. Se puede visitar el antiguo horno de pan, que los domingos aun funciona, el castillo granja (aunque es privado, se puede ver por fuera) y el museo de los megalitos.

La carretera por esta zona está rodeada de praderas verdes y campos sembrados de flores.







 Un poco más adelante, en Ny, encontraremos un pueblo lleno de fuentes y capillas.

 Muy bonito es también el castillo granja, aunque es privado y no se puede entrar, se puede ver por fuera la estructura y los puentes levadizos.

 No hay que perderse el molino Faber y las grutas de las mil y una noches.



Solo hay que conducir media hora para llegar a Rochefort, un pueblo con encanto y fabricas de cerveza (Rochefort Trappist) desde el que se accede a las Grutas de Hans (en el pueblo vecino Han-sur-Lesse) , unas impresionantes cuevas que te harán bajar a las mismísimas entrañas de la tierra por un entramado de pasillos y escaleras, para salir después al otro lado de la montaña en barco por el río. Son las cuevas más impresionantes que he visto, pero hay que llevar algo de abrigo, según vas descendiendo baja la temperatura considerablemente.

Junto a las grutas, un safari hace las delicias de los niños al llevarles en trenecito por un circuito donde verán animales de todo tipo.

Muy cerca de aquí, el pueblo de Nassogne domina un precioso conjunto de colinas, valles y bosques, y ofrece muchas opciones para excursiones y paseos. Se puede visitar la colegiata de Saint-Monon, la fuente La Pépinette, el castillo de agua, el pabellón Bonaparte y la ganadería Bergerie Mulders. También está cerca el castillo de Hargimont.

Ya de regreso a Namur, haremos una última parada en Crupet, un pequeño pueblo en la ladera de un estrecho valle, con un torreón del siglo XII, numerosas granjas, molinos y capillas. Así como el castillo de los Carondelet. Aunque para mí, lo más curioso de este pueblo, son las grutas artificiales dedicadas a San Antonio de Padua, donde el aspecto grotesco de las estatuas se acentúa con el cementerio que lo rodea. Un sitio realmente pintoresco, que casi da miedo.

3ª Jornada.
Vamos a tomar la autovía en dirección Lieja, pero pronto haremos la primera parada en Mozet, donde la Granja de Royer acapara toda la atención. Caminando por la rue du Tronquoy se llega a lo alto del pueblo, dominado por el castillo de Mozet.
 Continuamos un poco hasta Thon-Samson, el corazón del pueblo ha conservado su encanto de antaño y la iglesia y el castillo – granja presiden el pueblo. Los peñascos de más de 100 metro que lo rodea están declarados de interés natural y ofrecen una vista preciosa. Se puede ver el castillo fortaleza de Samson y la reserva natural de Samson-Demoiselles.

Antes de llegar a Lieja, nos desviaremos para ver el precioso Castillo de Jehay.







 El simple hecho de verlo por fuera ya merece la pena, pero sin duda lo mejor son sus jardines, el puente que atraviesa los fosos, los senderos, cenadores, fuentes, pequeñas cascadas y ninfas.









 Acomodadas a lo largo de los jardines, las estatuas de Van Den Steen parecen a punto de cobrar vida.

El castillo abre al público a partir del medio día y por la tarde, así que todo el que quiera visitar los jardines, que lo tome en cuenta. Por la mañana, solo puede verse por fuera. ( www.prov-liege.be/culture/jehay.htm)





Lieja es una gran ciudad industrial, aunque cuenta con un casco histórico interesante, testigo de la época en que fue capital episcopal milenaria. La verdad es que nunca le he dedicado mucho tiempo a esta ciudad. A destacar el palacio de los príncipes- obispos, el edificio gótico civil más amplio del mundo, con su patio rodeado de galerías. La Ciudad Ardiente conserva vestigios de su pasado como principado independiente.
En la Abadía du Val-Dieu, a media hora de Lieja, se puede degustar cerveza casera, queso y salchichas. ( www.val-dieu.com )

Desviarse hasta Spa es un placer, ya que dejamos la autovía para meternos en carreteras bordeadas de bosques y praderas. Esta ciudad balneario debe su reputación a las virtudes curativas de los manantiales de agua mineral. La plaza tiene mucho encanto y la principal atracción son las fuentes y manantiales, repartidas por toda la ciudad, donde se puede beber el agua caliente y curativa de Spa. Las Termas, que tienen preciosas vistas a las Fagnes, os embarcarán en un viaje acuático sorprendente. Hay que aprovechar y mirar las ofertas para tomar algún tratamiento y pasar una tarde relajada. Nosotros sobrevolamos el pueblo en la avioneta de un amigo, y nos encantó.

Hacia el sur, en Petit Coo, encontramos las cascadas de Coo y el Plopsa Coo, un parque de atracciones que encantará a los niños. La entrada es gratuita y luego pagas las atracciones a las que quieras subir. Hay grandes toboganes que bajan por la montaña, teleféricos y todo tipo de atracciones, restaurantes, etc. No es un típico parque de atracciones pues muchas de estas están integradas con la naturaleza.

 Otros sitios interesantes en los alrededores: el viaducto rojo de Vennes, el castillo Froidcourt, y el bonito parque de Ninglinspo (en Noncéveux).

Como a media hora de Lieja, aunque nos salimos de Bélgica, podemos hacer una visita a Maastrich, ya en Holanda, ya que es una ciudad realmente bonita.


 


4ª Jornada.
Hacia el oeste, visitamos la bonita ciudad de Mons , visible desde el campo el campanario de la atalaya, con cúpulas bulbosas, anuncia desde lejos una de las ciudades más bonitas de Valonia. La torre se funde en el corazón histórico de la ciudad que a la sombra de sus murallas no vió pasar la revolución industrial de la región. Posee interesantes museos, y sus alrededores gozan de un patrimonio industrial importante. El casco antiguo, dominado por su Plaza Mayor, la atalaya y la colegiata de Sainte Waudru ha conservado una unidad arquitectónica notable que se descubre paseando por sus callejuelas peatonales. En cuanto a fiestas populares, la ciudad se anima despues del Pentecostés con la procesión del Car D´Or y el Lumeçon, combate entre San Jorge y el dragón. Mons será capital Europea de la cultura para el 2015.

Visita:
http://www.belgica-turismo.es